Archivo de la etiqueta: ROMANTICISMO

FAMOSOS AMORES LITERARIOS DESGRACIADOS.

1. ORFEO Y EURÍDICE: LAS METAMORFOSIS. Ovidio.

Orfeo, hijo de Apolo y Calíope (musa de la poesía épica y de la elocuencia) es uno de los héroes griegos más conocidos por su música Se enamora y se casa felizmente con Eurídice. Ésta, después de huir de un pretendiente fue mordida por una serpiente y murió.

Orfeo se lamentaba amargamente por la pérdida de Eurídice. Consternado, tocó canciones tan tristes que todas las ninfas y dioses lloraron y le aconsejaron que descendiera al inframundo.

Llegado el momento, con su música ablandó también el corazón de Hades y Perséfone, permitieron a Eurídice retornar con él a la tierra; pero sólo bajo la condición de que debía caminar delante de ella, y que no debía mirar hacia atrás hasta que ambos hubieran alcanzado el mundo superior y los rayos de sol bañasen a Eurídice. A pesar de sus ansias, Orfeo no volvió la cabeza en todo el trayecto, incluso cuando pasaban junto a algún peligro o demonio, no se volvía para asegurarse de que Eurídice estuviera bien.

Llegaron finalmente a la superficie y, por la desesperación, Orfeo volvió la cabeza para verla; pero ella todavía no había sido completamente bañada por el sol, todavía tenía un pie en el Hades: Eurídice se desvaneció en el aire, y ahora para siempre.

2. TRISTÁN E ISOLDA: Bedier, Joseph

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Tristán es un joven príncipe que vive en la corte de su tío, el rey Mark de Cornualles. En un terrible combate vence a Morold de Irlanda, a quien Mark debía pagar anualmente un tributo de cien doncellas; pero de resultas Tristán queda incurablemente herido por una flecha envenenada. Abandona la corte y se aleja en una barca sin remos, ni velas, ni timón, sólo en compañía de su lira; así llega prodigiosamente hasta las tierras de Irlanda, donde Isolda la Rubia, experta en artes médicas y mágicas -como lo fuera su madre- logra curar su herida. Tristán se presenta bajo el nombre de Tantris, fingiendo su identidad, pero Isolda lo reconoce como el vencedor de Morold, pues compara la melladura de su espada con un fragmento de metal que ella había extraído del cráneo del vencido. Así y todo, llevada por la compasión -y tal vez por una naciente atracción- atiende al herido.

De regreso a la corte, su tío le encarga a Tristán que busque a la mujer con la que desea casarse, y de la que sólo posee un cabello rubio que dejó caer una golondrina.

Tristán reconoce que el cabello pertenece a Isolda la Rubia, y a través de admirables hazañas, la conquista para su tío; su principal gesta fue enfrentar y matar a un terrible monstruo-serpiente que devastaba Irlanda e imponía miedo aun en los más esforzados caballeros.

Durante el viaje de Irlanda a Cornualles, la camarera de Isolda, cambia de sitio unas pócimas mágicas que llevaba la princesa, y cuando Isolda, ofuscada por su resentimiento, ofrece a Tristán el Licor de la Muerte, ambos beben el Filtro del Amor, con lo cual la pareja queda unida por una pasión invencible.

Se celebran las bodas de Isolda y de Mark, pero la reina y Tristán, entre angustias y torturas, siguen viviendo su ardiente amor, hasta que el rey los descubre.

Un caballero del rey Mark hiere mortalmente a Tristán, quien se retira al palacio que lo vio nacer para esperar la muerte y la llegada de Isolda que podría salvarlo nuevamente. Isolda llega, en efecto, en una barca, pero es seguida por el rey Mark y sus caballeros. El desenlace es fatal, por cuanto todos mueren y sólo queda Mark como mudo testigo del drama. Tristán e Isolda se despiden de la vida en un canto de amor.

3. ROMANCE DEL CONDE OLINOS: Anónimo.

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Madrugaba el conde Olinos,

mañanita de San Juan,

a dar agua a su caballo

a las orillas del mar.

Mientras el caballo bebe

canta un hermoso cantar:

las aves que iban volando

se paraban a escuchar;

Caminante que camina

detiene su caminar,

navegante que navega

la nave vuelve hacia allá.

Desde la torre más alta

la reina le oyó cantar: –

Mira, hija, cómo canta

la sirenita del mar.

-No es la sirenita, madre,

que esa no tiene cantar;

es la voz del conde Olinos,

que por mí penando está. –

Si por tus amores pena

yo le mandaré matar,

que para casar contigo

le falta sangre real.

-¡No le mande matar, madre;

no le mande usted matar,

que si mata al conde Olinos

juntos nos han de enterrar!

-¡Que lo maten a lanzadas

y su cuerpo echen al mar!

Él murió a la media noche;

Ella, a los gallos cantar.

A ella, como hija de reyes,

la entierran en el altar,

y a él, como hijo de condes,

unos pasos más atrás.

De ella nace un rosal blanco;

de él, un espino albar.

Crece uno, crece el otro,

los dos se van a juntar.

La reina, llena de envidia,

ambos los mandó cortar;

el galán que los cortaba

no cesaba de llorar.

De ella nacería una garza;

de él, un fuerte gavilán.

Juntos vuelan por el cielo,

Juntos vuelan par a par.

4. CALISTO Y MELIBEA: Fernando de Rojas.

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Calisto se encuentra con una bella dama llamada Melibea y queda enamorado de ella, él intenta cortejarla pero ella no le responde. Calisto habla con su criado Sempronio de lo sucedido, este criado le aconseja recurrir a la ayuda de la alcahueta Celestina. Pármeno le advierte que la Celestina es una vieja malvada, pero el amor de Calisto hacia Melibea es tan grande que hace caso omiso a las palabras de Pármeno.

Celestina consigue convencer a Pármeno de la ganancia que pueden lograr aunándose contra el ciego de amor de Calisto, además lo convence cuando le asegura que le ayudará a conseguir a Areúsa. Éste al estar harto del la respuesta de Calisto ante sus consejos, acepta su negocio lucrativo y aprovechado.

Celestina se va a casa de Melibea y, poco a poco, con sus argumentos y sus mágicas artes consigue atraer la atención de Melibea.

Celestina le comentará a Calisto que Melibea está enamorada de él y que podrá tener una primera cita. Pasada este encuentro, los criados van a casa de Celestina a pedir parte de sus ganancias con este asunto, al negarse Celestina a pagar, los criados de Calisto matan a la vieja y malvada Celestina. Los criados mueren. Areusa y Elicia, amantes de Pármeno y Sempronio respectivamente, deciden vengase a través del sicario Centurio.

Los padres de Melibea, que eran ingenuos pensando que su hija era pura, planean su casamiento, Melibea. En la última cita entre los enamorados, Centurio no acaba por cumplir su promesa por temor, sin embargo consigue que , con el ruido, Calisto se descalabre al caerse por la escalera.Melibea al ver muerto a Calisto, se suicida por amor.

5. ELOÍSA Y ABELARDO: Anónimo.

Abelardo era un intelectual del siglo XII al que le fue confiada la educación de Eloísa, sobrina del canónigo de la catedral de París. Su padre tenía pensado casarla con un aristócrata, a pesar de los 20 años de diferencia de edad se enamoraron y Eloísa se quedó embarazada. Después de esto el tío canónigo, que no aceptaba la relación, mandó enclaustrarla en un convento e hizo que Abelardo ingresara en otro.

Nunca más se vieron pero siempre mantuvieron su amor por carta.

Cuando Abelardo murió, Eloísa reclamó su cuerpo y lo enterró en su convento. Así, cuando a ella le llegó la hora, mandó que la enterraran junto Abelardo. La leyenda dice que en el momento que sus cuerpos se juntaron se dieron un último y eterno abrazo y se plantó encima de la tumba un rosal.

6. PÍRAMO Y TISBE: LAS METAMORFOSIS. Ovidio.

Píramo y Tisbe eran dos jóvenes que habitaban en viviendas vecinas y se amaban a pesar de la prohibición de sus padres. Se comunicaban con miradas y signos hasta descubrir una estrecha grieta en el muro que separaba las casas en la que sólo la voz atravesaba tan estrecha vía y los tiernos mensajes pasaban de un lado a otro por la hendidura. Así pudieron hablarse, enamorarse y desearse cada vez más intensamente, hasta una noche acordaron huir.

Tisbe llegó primero, pero una leona que regresó de una cacería a beber de la fuente la atemorizó y huyó al verla, buscó refugio en el hueco de una roca y, en su huida, dejó caer el velo. La leona jugueteó con el velo, manchándolo de sangre. Al llegar, Píramo descubrió las huellas y el velo manchado de sangre, y creyó que la leona había matado a Tisbe, su amada, y sacó su puñal y se lo clavó en el pecho.

Tisbe, con miedo, salió cuidadosamente de su escondite. Cuando llegó al lugar vio que las moras habían cambiado de color y dudó de si era o no el sitio convenido. En cuanto vio a Píramo, su amado, con el puñal en el pecho y todo cubierto de sangre, le abrazó y, a su vez, le sacó el puñal del pecho a Píramo y se suicidó clavándose el mismo puñal. Los dioses apenados por la tragedia hicieron que los padres de los amados permitiesen sepultar los cuerpos juntos, y desde aquel día los frutos de la morera quedaron teñidos de púrpura.

7. ROMEO Y JULIETA: (William Shakespeare)

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La historia se desarrolla en Verona, en donde viven dos familias que son rivales, los Montesco y los Capuleto. Romeo, único heredero de los Montesco, entra sin ser invitado al baile de máscaras de los Capuleto, en el que conoce a Julieta, hija única de los Capuleto; ambos se enamoran a primera vista.

Sabiendo que sus padres jamás permitirán su unión, se casan en secreto, con ayuda de Fray Lorenzo. El mismo día de la ceremonia, Teobaldo insulta a Romeo, a pesar de ello este último rehúsa batirse. Pero Mercutio, el mejor amigo del joven Montesco, entabla duelo a muerte con Teobaldo. Romeo trata de separarlos y Teobaldo aprovecha para herir mortalmente a Mercutio. Romeo, entonces reta a Teobaldo y venga a su amigo matando a su adversario. El Príncipe de Verona, indignado por los sucesos, condena a Romeo al destierro o a la muerte. Romeo se encuentra desesperado, porque estará separado de Julieta, pero Fray Lorenzo le aconseja escape a Mantua, hasta que pueda ser publicado su matrimonio con Julieta y se reúna con ella. Romeo huye a Mantua después de una última entrevista con Julieta.

El Conde Paris, pariente del príncipe, pide la mano de Julieta y le es concedida. Julieta se niega y pide auxilio a Fray Lorenzo, quien le aconseja que acepte la boda y le entrega un pequeño tarro con un elixir que la sumirá en estado cataléptico, parecido a la muerte. Le indica tomarlo la noche anterior a la boda y se compromete a estar con ella cuando despierte en la cripta de su familia, acompañado de Romeo, después ambos jóvenes escaparían.

Fray Lorenzo envía un mensajero a Romeo (Fray Juan) para que venga por Julieta en el momento de despertar. Sin embargo, el mensajero no encuentra a Romeo, ya que este avisado por su criado (Baltasar) de que Julieta ha muerto, sale inmediatamente hacia Verona. Romeo llega a la cripta de los Capuleto encontrándose con Paris, que iba a depositar flores a su futura esposa.

El Conde se indigna al ver a Romeo, ambos se baten, resultado vencedor el joven. Romeo se acerca a Julieta, la besa por última vez y toma veneno, falleciendo a los pies de su amada. En ese momento llega Fray Lorenzo, quien se atemoriza al ver los cuerpos de Paris y Romeo. Julieta despierta y el fraile trata de convencerla para que huya con él, pero la joven se niega al ver a su esposo muerto. Fray Lorenzo se va y Julieta se acerca a Romeo, lo besa y se hiere con el puñal de su esposo, muriendo abrazando a su amado. Los guardias aprenden a Fray Lorenzo y a Baltasar. Fray Lorenzo revela la verdad ante el Príncipe de Verona, los Montesco y los Capuleto. Con la muerte de Romeo y Julieta, se sella la paz entre las dos familias rivales.

8. WERTHER Y CARLOTA. (Goethe)

Werther es un joven alemán que marcha lejos de su hogar llorando la separación de una amiga y conoce a Carlota, una mujer de la queda profundamente enamorado nada más conocerla. El problema principal con el que se encuentra el protagonista es que Carlota está comprometida con Alberto, quien se encuentra lejos de su casa.

Conforme va pasando el tiempo, Werther y Carlota van haciéndose inseparables y nace entre ellos una profunda relación (amistosa para ella, de amor para él). Sin embargo, al fin llega el día en que Alberto regresa a casa para casarse con Carlota. Es entonces cuando Werther siente la desolación y la angustia que le provoca el ver como la mujer a la que ama va a casarse con un hombre que no la merece tanto como él. El joven la visita por última vez, y antes del rechazo, consigue abrazarla y besarla. Aquella misma noche, Werther se suicida de un tiro en la cabeza.

9. LA SIRENITA: ( Hans Christian Andersen)

En el fondo del más azul de los océanos había un maravilloso palacio en el cual habitaba el Rey del Mar, un viejo y sabio tritón. Tenía cinco hijas bellísimas, sirenas.

La hija pequeña solía cantar y muy bien, y miraba a la superficie porque le gustaría salir allí y ver las maravillas que le contaban. Cuando se hizo mayor, su padre le concedió el deseo de emerger, pero le aconsejó no relacionarse con los hombres porque le traerían desgracias.

Veía por primera vez el cielo azul, el sol, los pájaros y las primeras estrellas centelleantes al anochecer. Vio a los hombres y anheló hablar con ellos, pero vio su cola y se dio cuenta de su diferencia. Se fijó en el querido capitán del barco y se enamoró de él. Con el desastre de la tormenta el barco se hundió. La sirenita mantuvo al capitán vivo hasta que amainó; después lo llevó a la playa. Ella se escondió al ver que llegaban tres mujeres; él se creyó que le habían salvado y se enamoró de una. La sirenita contempló la confusión que estaba sucediendo. No paraba de llorar hasta que la Hechicera de los Abismos la quiso socorrer. Le ofreció dos piernas para subir a la superficie y poder deshacer el entuerto. Sin embargo, cada vez que pusiera los pies en el suelo experimentará un gran dolor. También le exigió su preciosa voz. Por lo tanto ella se quedaría muda de allí en adelante y si, además, el capitán se casaba con otra, su cuerpo desaparecerá en el agua.

Dicho esto se bebió la pócima y eso pasó. El capitán, que era un príncipe, se encontró con la sirenita y, aunque ella trató de explicarle la historia, se dio cuenta de que estaba muda. La trató muy bien y la vistió como una reina. La invitó a una fiesta, e intentó bailar, pero dolían mucho los pies. Sin embargo, poco a poco se dio cuenta de que el príncipe estaba enamorado de la muchacha que se creyó siempre que lo había salvado del naufragio. Esto le provocaba grandes lamentos en la playa. Hasta que un día vio como éste se casaba con la dama que deseaba.

Las hermanas una vez que se enteraron de todo lo sucedido le aconsejaron que volviera a su forma anterior matando, con un puñal mágico de la bruja, al príncipe. Sin embargo, cuando tuvo la oportunidad, su amor se lo impidió.

Cuando el sol despuntaba en el horizonte, su cuerpo empezó a deshacerse, pero por encanto su alma voló hacia el cielo, donde le esperaban las hadas del cielo.

10. DON JUAN Y Dª INÉS. D. JUAN TENORIO. Juan Zorrila.

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Tras un año durante el que Don Juan y Don Luis expusieron todas las maldades ejecutadas en presencia de un comendador y, sin saberlo, en presencia del padre de Don Juan y del de Doña Inés. La apuesta es ganada por Don Juan, pero Don Luis le reprocha que él se va a casar, pero Don Juan jura que hará impura a Doña Ana una noche antes de la boda.

Los padres creen que Don Juan es un hombre miserable y rompen su compromiso con Doña Inés, pero el Tenorio está dispuesto a secuestrar a la chica. Ambos caballeros se juegan la vida. Al marcharse los alguaciles les detienen: han sido denunciados por sus criados. Ambos consiguen escapar de la justicia. Don Luis habla con el criado de su prometida para avisar de la visita del Tenorio.

El Tenorio consigue enamorar a Dª Inés en el convento y la rapta a su casa. Más tarde va con Ana y regresa a su casa a la vez que despierta a Doña Inés. Se declaran amor mutuo, pero son interrumpidos por Don Luis que pretende retar al tenorio por la traición de su novia, pero llega Don Gonzalo y a pesar de que Don Juan admite que ama verdaderamente a Doña Inés, Don Gonzalo se niega y es matado al igual que Don Luis por el Tenorio que huye a Italia con su criado.

Cinco años después regresa Don Juan que descubre que en su casa se encuentra un panteón donde está enterrada Doña Inés. Don Juan está llorando cuando aparece la sombra de la chica y le pide que se arrepienta de todas sus maldades para poder estar juntos toda la eternidad. Don Juan se plantea la posibilidad de que todo haya sido una alucinación. Por la noche invita a sus amigos Centellas, Don Rafael y al difunto Don Gonzalo para demostrar que no le asustan los fantasmas. El espectro avisa al Tenorio de que es su última oportunidad y hace desmayar a los demás invitados que despiertan cuando la estatua desaparece y discuten con Don Juan, pues creen que ha sido una jugarreta. Así mueren Avellaneda y Don Juan cuando éste se arrepiente, pero ya es tarde y Don Gonzalo dice que se lo llevará al invierno, pero Doña Inés le salva en el último momento y muere tranquilo sabiendo que será feliz toda la eternidad junto a ella.

11. ELENA Y PARIS: LA ILÍADA. Homero.

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La diosa Afrodita había prometido al príncipe troyano Paris el amor de Helena (la mujer más hermosa del mundo) como premio por haber decidido a su favor en el concurso de belleza “la manzana de oro de Discordia” que la había enfrentado a Hera y Atenea.

Paris fue a Esparta, donde fue recibido hospitalariamente por Menelao y Helena. Sin embargo, durante su estancia, Menelao tuvo que viajar a Creta para asistir a un funeral.

Afrodita provocó que Helena se enamorase de Paris y huyeron los dos de Esparta junto con el tesoro de Helena. Cuando llegó Menelao se enfadó tanto que pidió ayuda a su hermano Agamenón. Toda Grecia se unió en diez años para atacar a Ilión, la capital de Troya y así se paso controlar el comercio del mar Egeo.

Al final, con el invento del caballo de madera (por Ulises) pudieron los griegos introducirse en la inexpugnable ciudad, y así cayó Troya.

Filotectes hiere a Paris con una flecha envenenada, cuya herida es mortal de necesidad. Cuando Paris sabe que ha de morir, en vez de acordarse de Helena se acuerda de Enone, su primera mujer, y porque en ella ve su última esperanza de curación. Sus esclavos le suben penosamente hasta la cumbre del monte Ida, donde vive Enone. El encuentro entre los dos esposos ocurre al atardecer y esta lleno de ternura y emoción. Ella le dice que no le puede curar y acaba muriendo entre las lágrimas de Enone. Ésta se arroja a las llamas y muere con él, unidos los dos en último abrazo.

Cuando estaba siendo saqueada, Menelao se lanzó en busca de Helena, iba dispuesto a matarla, quería vengarse. Se encontraron frente a frente. Menelao desenvainó la espada y la perdonó.

12. LOS AMANTES DE TERUEL. Juan Hartzenbusch

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Son Juan Diego Martínez de Marcilla e Isabel de Segura. Eran dos jóvenes de las principales familias de Teruel; pero ya fuese por las frecuentes desavenencias entre familias rivales, ya fuese por razón de la limpieza de sangre (ser cristiano viejo), que entonces se miraba mucho, el caso es que los padres no estaban de acuerdo con esos amores.

Los padres de Isabel decidieron casar a la moza para no dar lugar a que creciese aquel amor inconsentido.

Fue señalado el día de la boda y Juan Diego sintió la necesidad de despedirse definitivamente de su amada. Escaló la tapia del jardín como era costumbre, y lo hizo a la medianoche. Tras los requiebros amorosos propios de la ocasión, don Juan Diego le pidió una prenda de amor a su amada: un beso. Casta y obediente a la voluntad de sus padres como era Isabel, se lo negó, bien que su corazón le pedía aquello y mucho más. Aquella negativa fue más fuerte que el corazón lacerado del infortunado don Juan Diego: se le borró el mundo de la vista, quedando en sus pupilas la dulce y atormentada imagen de su amada, y cayó allí mismo desplomado. Al entender su corazón que nunca más podría latir para Isabel, prefirió dejar de latir para siempre.

La noche se convirtió en alboroto. Corrió la voz por toda la ciudad de Teruel y se iluminaron sus ventanas con la luz de los candiles. El día siguiente la familia de don Juan Diego Martínez de Marcilla estaba llamada a funeral en la iglesia catedral, y dos horas más tarde, en la misma iglesia estaba llamada a boda la familia de Isabel Segura.

A la infortunada amante, perdida en el delirio del amor perdido, y condenada a amar a quien no la amaba, los pies la condujeron con determinación hacia el funeral prohibido. Se acercó al catafalco a contemplar a su amor. Y al ver aquellos labios aún abiertos pidiéndole el beso que le negara unas horas antes, no pudo resistirse a esa última petición callada de su amado, u postrándose junto a él le dio el beso de despedida. En ese beso de Isabel su corazón estaba ya tan malherido que sucumbió.

Maravillados los asistentes de la duración de aquel beso, quisieron sepultarlos juntos para eterna memoria de aquel amor y para aviso de padres que cierran los ojos y el corazón al amor de sus hijos.

13. MARIANELA Y PABLO. MARIANELA. Pérez Galdós.

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Marianela o Nela, que es su apelativo queda huérfana desde edad temprana y tiene que trabajar para poder subsistir. Otro de los personajes emblemáticos de la obra es Pablo, un joven de un estatus social más alto pero posee una particularidad: es ciego.

Nela deberá acompañarlo y guiarle sus pasos como una especie de lazarillo, tendrá que mostrarle el mundo a través de sus propios ojos, detallarle las cosas a su alrededor y no solo eso deberá hablarle del mundo exterior de campos y hermosos valles, de lugares en los que es difícil haber estado teniendo uno una edad muy joven como la de ellos, pero que Pablo también llega a conocer gracias a las lecturas que le hace su padre constantemente. Todas estas cosas llenan de ilusión a un alma buena como lo es la del joven invidente y termina a su vez enamorándose de Marianela, ambos se juran amor eterno y la promesa de una vida juntos que ni el tiempo ni la fatalidad que muestra muchas veces la vida podrá separar. Sin embargo si Pablo tiene una característica especial, Nela también tiene la suya: ella es una joven que, a pesar de poseer un gran corazón, es poco agraciada.

Llegará a la ciudad Teodoro Golfín, un médico de gran corazón que busca a su hermano Carlos del que se alejó hace bastante tiempo. Golfín hablará con el padre de Pablo luego de conocerlo tanto a él como a Marianela y le dirá que es posible que él le pueda hacer recuperar la vista a Pablo.

Aturdida y atemorizada por pensar que quizá Pablo se decepcione de ella cuando recupere la vista, Nela comienza a sufrir una serie de angustias que oprimen su pecho.

Al abrir los ojos Pablo se encuentra frente a frente con su prima Florentina, una mujer de belleza angelical que llegó con su padre con el objetivo de casarse con Pablo. Pablo queda inmediatamente enamorado de Florentina en quien cree reconocer a Marianela.

La desdicha de la pobre Nela crece al saber que Florentina la quiere mucho y la estima, que quiere que ella se vaya a vivir con los futuros esposos y que se ha dado cuenta Marianela tiene una vida familiar injusta al lado de los Centeno. En esta casa, Nela no encuentra el apoyo de nadie más que de Celipín, el hijo menor que quiere estudiar medicina para ser tan grande con Golfín. Celipín le ofrece a Nela huir del caos familiar que habitan y le pide fugar juntos, pero ella no acepta y él finalmente se marcha solo.

Sola ahora sí en el mundo, Marianela comienza a sentir el vértigo de la infelicidad al saber que Pablo ya puede ver, no se atreve a ir a su casa y queda vagando por el bosque perdida y sin consuelo, todos a su vez en casa de Pablo se encuentran extrañados, pero Teodoro Golfín sospecha algo. Al fin puede encontrar a Nela perdida y en un mar de lágrimas. Ella le confiesa sus temores pero al fin y al cabo termina siendo convencida de ir a ver a Pablo, que la estaba esperando.

La sorpresa de Pablo es grande y el peso de su amor por Florentina lo sumerge en la incertidumbre. Pablo no se había percatado de la presencia de Nela en la sala que habitaban todos, y al verla y tocar su rostro se da cuenta por fin de que realmente es ella. Nuestra protagonista percibe inmediatamente el amor no correspondido y la incomodidad de su amado. Finalmente terminará muriendo de amor y de tristeza.

14. JUAN PABLO CASTELL Y Mª IRIBARNE: EL TÚNEL Ernesto Sábato.

Juan Pablo Castel es un pintor que escribe su propia historia Empieza el relato confesando que es el responsable de la muerte de María Iribarne.

Conoció a María en un salón de pintura donde presentó un cuadro llamado “Maternidad”. Explica que no soporta a los críticos que empiezan a comentar su cuadro y que los encuentra charlatanes. El cuadro mostraba una mujer que miraba jugar a un niño, pero arriba, a la izquierda, a través de una ventanita, se veía una pequeña y remota escena de una mujer que miraba el mar y que estaba como esperando algo, una escena que sugería soledad absoluta. Nadie se fijaba en esa pequeña escena del cuadro excepto una muchacha que miró fijamente la ventanita. Después desapareció entre la multitud.

Una tarde la vio en la calle, la siguió hasta el edificio de la compañía T, entró en ella y la vio esperar el ascensor. Entonces conversaron y Juan Pablo le preguntó sobre la ventanita, si la recordaba y ella le dijo que la recordaba constantemente y luego se fue corriendo. Un día que la fue a esperar a la compañía la tomó del brazo y la llevó hasta la plaza San Martín para que conversaran, él le dijo que la necesitaba porque sabía que ella pensaba como él. Esa noche hablaron por teléfono, él le dijo que no había dejado de pensar en ella y que la llamaría al día siguiente.

A la mañana siguiente la llamó pero la mucama le dijo que se había ido al campo y que le había dejado una carta. Juan Pablo se dirigió a la casa de ella para buscar la carta, una vez allí habló con un tal señor Allende que era ciego, éste le dijo que era el esposo de María y le pasó la carta que ella le había dejado. Allende le dijo que ella había ido a la estancia que era de su primo Hunter.

Una vez que María volvió comenzaron a verse continuamente, Juan Pablo la amaba pero sentía que María lo quería como a un hermano, discutían continuamente porque él le hacía muchas preguntas obsesivas acerca de sus antiguas relaciones con otros hombres y de su esposo Allende. En una de sus paranoias discutieron fuertemente y ella se marchó. A la mañana siguiente Juan Pablo la llamó pero ella se había ido a la estancia.

Juan Pablo se dirigió a la estancia para ver a María, fue allí donde se encontró con Hunter quien le presentó a una mujer flaca llamada Mimí. Hunter le explicó que María se había recostado porque se sentía mal. Una vez que llegó María se fueron a la playa y ahí tuvieron una conversación. Juan Pablo sentía que María era falsa, que le ocultaba cosas. Cuando él abandonó la estancia creyó que María lo seguiría pero no fue así. En su casa le escribió una carta a María en donde le decía que no entendía como podía estar con él, con Allende y con Hunter al mismo tiempo. Luego se arrepintió de haberla mandado y fue a buscarla pero en el correo no quisieron devolvérsela.

La llamó a la estancia amenazándola con que si no venía él se mataría, quedaron de verse al día siguiente. Esa noche Juan Pablo bebió mucho y se acostó con una prostituta, se dio cuenta de que María se asemejaba mucho a ella en sus gestos y llegó a la conclusión de que María era también una prostituta. Habían quedado de juntarse en la Recoleta pero María no llegó entonces él la llamó por teléfono y la mucama dijo que el señor Hunter la había llamado y ella había partido a la estancia.

Juan Pablo fue a la estancia en su auto una vez que llegó se escondió y esperó. Después de una espera interminable los vio bajando por la escalinata, iban del brazo, los vio caminar largamente por el parque. Entonces comenzó la tormenta, con truenos y relámpagos, luego empezaron a caer las primeras gotas. Juan Pablo se trepó hasta la planta alta por la reja de una ventana. Entró en la galería y buscó su dormitorio, empuñó un cuchillo y abrió la puerta.

Cuando se acercó a la cama ella le preguntó tristemente qué iba a hacer, él le respondió que tenía que matarla por haberlo dejado solo, entonces, llorando le clavó el cuchillo en el pecho. Corrió a Buenos Aires y telefoneó a la casa de Allende diciendo que tenía que verlo. Le gritó al ciego que venía de la estancia, que María era la amante de Hunter y que la había matado entonces el ciego le gritó que era un insensato. Luego fue a la comisaría y se entregó. En los meses de encierro intentó darle explicación a la última palabra del ciego: “Insensato” y el porqué de que Allende se hubiera suicidado.

15. LANCELOT Y GINEBRA. LA MUERTE DEL REY ARTURO.  Sir Thomas Malory

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Según el mito, Ginebra sería la hija del rey Leodegrance de Cameliard. El rey Arturo envia a Lancelot a que la traiga a Camelot para casarse con ella, y en el viaje ambos se enamoran. En cuanto llegan a Camelot, Arturo y Ginebra se casan, y Ginebra se convierte en el centro de la corte.

Tiene en general buenas relaciones con su esposo, pero se enemista con la bruja y hermanastra de Arturo Morgana al expulsar de la corte a Sir Guiomar, amante de Morgana y sobrino de la propia Ginebra. Morgana guardará siempre rencor hacia la reina y se lo transmitirá a sus hijos.

Aunque casada con Arturo, el amor que Lancelot y Ginebra sienten durará hasta la muerte de ambos. En todo caso, los enemigos de Arturo aprovecharán esta relación para fraguar la acusación de adulterio y conspiración que lanzan sobre Lancelot y Ginebra. Esto lleva a una condena de muerte para la reina y una orden de expulsión del reino para Lancelot.

Lancelot no puede permitir la muerte de Ginebra y, al intentar salvarla, mata a dos de los hijos del rey Lot de Lothian y de Morgana (hermana mayor de Arturo), lo que deriva en guerra abierta entre dichos reinos y Camelot, y supuso al final la muerte de todos los caballeros de la Mesa Redonda.

La condena a muerte de Ginebra no se materializa en la leyenda. Ginebra recibe la noticia de la muerte de Arturo y de todos los caballeros de la Mesa Redonda cuando estaba en la torre de Londres, donde voluntariamente se había encerrado para no caer en las manos de Mordred. Se viste con ropas de luto y ordena a sus damas que hicieran lo mismo. Se dirige a Amesbury, en Wilshire, donde habría un convento en el que la reina decide tomar los hábitos. Pasa el resto de su vida de forma anónima. Años después fue elegida superiora del convento.

En el convento, poco después de la muerte de Arturo, tiene una última entrevista con sir Lancelot. Posteriormente, Lancelot abandona la vida de caballero y se convierte en monje ermitaño. Años más tarde Lancelot tiene un sueño donde un ángel se le aparece y le dice que debe fabricar un féretro, ponerle ruedas y dirigirse con él a Amesbury donde encontraría muerta a la reina. Así lo hace: al llegar a Amesbury recoge el cadáver de Ginebra y lo lleva a enterrar junto al de Arturo.

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ZÉNIT. Canción del pirata

Jose_de_espronceda

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LOS GRANDES AMORES EN LA LITERATURA.

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CABALLERO DAMA OBRA AUTOR GÉNERO SIGLO
Tristán
Leriano
Romeo
Calisto
El Cid
D. Juan Tenorio
D. Melón
El rey Arturo
D. Quijote
Paris
Ulises

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MARIANO JOSÉ DE LARRA. De la sátira y de los satíricos

Tiempo hacía que deseábamos una ocasión de decir algo acerca de la mala interpretación que se da generalmente al carácter y a la condición de los escritores satíricos. Créese vulgarmente que sólo un principio de envidia, y la impotencia de crear, o un germen de mal humor y de misantropía, hijo de circunstancias personales o de un defecto de organización, pueden prestar a un escritor aquella acrimonia y picante mordacidad que suelen ser el distintivo de los escritos satíricos. Confesamos ingenuamente que estamos demasiado interesados por la tendencia general de los nuestros en desvanecer semejante prevención; no diremos que no hayan abusado muchas veces hombres de talento del don de ver el lado ridículo de las cosas, y que no le hayan hecho servir algunas para sus fines particulares. Esto es demasiado cierto por desgracia; ¿pero de qué don de la Naturaleza no ha abusado el hombre, y quién será el que se atreva a sacar deducciones generales de meras excepciones?

Nosotros por eso no dejaremos de reconocer en los escritores satíricos calidades eminentemente generosas; en cuanto a las dotes que de la Naturaleza debe de haber recibido el que cultiva con buen éxito tan difícil género, ha de poseer suma perspicacia y penetración para ver en su verdadera luz las cosas y los hombres que le rodean; y para no dejarse llevar nunca de las apariencias, que lo cubren todo con su barniz engañoso; profundo por carácter y por estudio, no ha de detenerse jamás en su superficie, sino desentrañar las causas y los resortes más recónditos del corazón humano. Esto puede dárselo la Naturaleza; pero es forzoso además que las circunstancias personales lo hayan colocado constantemente en una posición aislada e independiente; porque de otra suerte, y desde el momento en que se interese más en unas cosas que en otras, difícilmente podrá ser observador discreto y juez imparcial de todas ellas. Como el que censura las acciones y opiniones de los demás es el que naturalmente debe encontrar más dificultad en convencer y persuadir, necesita añadir a su clara vista el arte no menos importante de decir, lo uno porque no hay verdad que, mal o inoportunamente dicha, no pueda parecer mentira; lo otro porque rara vez nos persuade la verdad que no nos halaga, y el arte de decir es casi siempre obra del estudio. Son raras además las verdades que la Naturaleza nos presenta claras por sí solas, y que no necesitan para ser comprendidas y desarrolladas gran copia de conocimientos. Ni son todas las épocas iguales; y maneras de decir que en un siglo pudieran ser no sólo permitidas, sino lícitas, llegan a ser en otro chocantes, cuando no imposibles. Ésta es la razón por que el satírico debe comprender perfectamente el espíritu del siglo a que pertenece; y ésta es la gran diferencia que entre los satíricos de las literaturas antigua y moderna choca al estudioso. El primer satírico de quien, rastreando en la oscuridad de los tiempos, hallamos fragmentos, es Aristófanes, que en sus Nubes, sátira dialogada e informe, más bien que comedia, se propuso ridiculizar nada menos que a uno de los primeros filósofos de la antigüedad, el divino Sócrates. Cualquiera que conozca la desnudez desvergonzada de aquella producción nos confesará que hubiera sido execrada en épocas de mayor cultura. Y dejando a un lado los tiempos remotos de la antigua Grecia, pasemos rápidamente la vista sobre el modo de decir de los escritores del siglo cultísimo (con relación sin duda a los anteriores) de Augusto, y dígasenos francamente si el oscuro Persio, si el acre Juvenal, usando de giros más cínicos que los mismos personajes imperiales que satirizaban, hubieran hallado lectores sufridos en nuestro siglo de más hipócritas modales, amigo de giros más mojigatos. Y no hablemos de la licenciosa manera de Catulo y de Tibulo, de la desnudez de Marcial; contraigámonos al severo Cicerón, al dulcísimo y ameno Virgilio, al cortesano Horacio. Más de un pasaje de la Catilinaria o de la oración contra Verres, la égloga entera de Alexis y Coridón, la oda burlesca a Príapo y otros cien trozos de aquellos órganos del buen gusto romano hubieran provocado gestos de hastío y de indignación, no precisamente en nuestra moderna sociedad, pero aun en el siglo de Luis XIV, más aproximado a ellos que nosotros. Y descendiendo a éste, el mismo Boileau, tan mirado, tropezaría con más de un improbador; es rara la comedia de Regnard y de Molière en que no resaltan trozos, escenas que ruborizan en el día cuando se repiten al parterre francés del siglo XIX.

No queremos decir con esto que un siglo sea mejor que otro y que nuestras costumbres sean preferibles a aquéllas, por más que nos fuese fácil hallar razones en apoyo de esta opinión; pero como quiera que no nos sea posible entrar simultáneamente en dos cuestiones diversas, nos contentaremos con decir lo que únicamente hace a nuestro propósito: que las costumbres varían; que el pudor va a más en las sociedades con su edad, así como en los individuos; y que solamente se halla oculto aún o perdido ya en la infancia y en la vejez. Aristófanes y la antigua Grecia carecen de él, porque aquélla era la infancia de la sociedad europea de entonces. Se ve atropellado en la decadencia de la sociedad romana; y si en el siglo de Luis XV vuelve a ser completamente echado en olvido, si multitud de escritos de la Revolución francesa le ahogan miserablemente, si los Pigault-Lebrún destrozan su modesto velo por algún tiempo, a sabiendas y con complicidad de la sociedad entera, es porque una nueva decrepitud va a dar lugar a una regeneración, pues que las sociedades no perecen para siempre como los individuos, sino que mueren para renacer, o por mejor decir, nunca mueren sino aparentemente; marchan constantemente a un fin, a la perfectibilidad del género humano, que en toda su historia descubrimos, por más lentamente que se verifique; sus muertes aparentes no son sino crisis; son sólo en nuestro entender sacudimientos momentáneos; en una palabra, son los esfuerzos que hace la crisálida para sacudir su anterior envoltura y pasar a la existencia inmediata.

Para aquellos que no vean como nosotros la marcha absolutamente progresiva del género humano, para los que no vean mayor perfección en nuestras costumbres, comparándolas con las de los siglos anteriores, nuestra cultura sería por lo menos hipocresía, y si ésta es, como se ha dicho, un «homenaje que el vicio rinde a la virtud», no nos podrán negar que es una ventaja, pues mucho lleva adelantado para hacer una cosa el que la cree buena.

Admitida, pues, esta diferencia de costumbres, y esa mayor delicadeza del gusto, es indisputable que los satíricos bien recibidos en una época serían silbados en otra. Y esto no sólo aumenta las dificultades en nuestros días para los escritores satíricos, sino que, a decir verdad, indica una época de muerte próxima ya para el género. Por mejor decir, traslucimos la época en que la sátira, comprimida por todos lados, habrá de refundirse, de reducirse estrechamente en la jurisdicción de la crítica. Ésta es la razón por que ya en el día no admitimos de ninguna manera la sátira personal, la sátira de Aristófanes y de Juvenal. Quédese en buen hora para adornar las tablas del estante del estudioso; pero en el siglo de la buena educación, de miramientos sociales, de mutuas consideraciones que alcanzamos, necesita más que nunca la sátira del apoyo de la verdad y de la utilidad; concedámosle causticidad, si se quiere, cuando le sea más fácil enseñarnos una verdad útil, poniendo en ridículo el error; pero si las personas no son nada para la sociedad, si sólo sus acciones públicas, si sólo sus sistemas y sus yerros políticos pueden rozarse con el interés general, quitémosle a la sátira toda alusión privada, arrebatémosle la ponzoña que la degrada y la vuelve venenosa, y la única posibilidad que ella tiene de ser más perjudicial que provechosa. Sentados, admitidos una vez estos principios, distingamos de escritores satíricos.

Al mérito que contrae con la sociedad el satírico que puede en el día vencer aquellas dificultades, añadamos, para acabar de desvanecer la general prevención, algunas consideraciones.

No reflexionan los que interpretan mal la índole de los escritores satíricos cuán caros compran éstos sus laureles. No reflexionan que el que carga con la responsabilidad de la pública censura ha menester de algún valor; no meditan que es raro el párrafo que, al acarrear alguna utilidad a la sociedad, no acarrea de paso a su autor algún disgusto, ora público, ora privado. Es difícil zaherir los errores de los hombres sin granjearse enemigos; porque rara vez el que los padeció tiene suficiente desprendimiento para separarse de ellos sin vengarse, o generosidad bastante para hacer en las aras del bien público el sacrificio de su amor propio y de sus mezquinos resentimientos personales. Si a esto se añade que generalmente la sátira desprecia a los débiles, porque trata de vencer oposiciones, y aquéllos están por sí solos vencidos, se deducirá fácilmente que el satírico no sólo ha de arrostrar enemigos, sino enemigos poderosos. Las comunidades, los cuerpos, en una palabra, la sociedad no es agradecida, porque no tiene centro de pasiones y sentimientos como el individuo, y porque cree, acaso con razón, que todo se le debe; de suerte que el satírico, al hacerse enemigos poderosos, no se hace amigo ninguno, no encuentra apoyo ni compensación. Y la prueba de esta triste verdad es este mismo esfuerzo que en favor de los escritores satíricos tenemos que hacer. ¿Cómo paga la sociedad los servicios que el escritor satírico le hace destruyendo errores y persiguiendo las preocupaciones que le abruman? Los paga suponiendo en el satírico mala índole, condición maligna, y como de esas veces intención personal o defecto de organización. Esto sólo bastaría a disgustar el alma más generosa, si el amor a la independencia, si el amor al bien, digámoslo sin rubor, no fuese las más veces la mejor recompensa de una intención pura.

Y si con respecto a la moralidad o al amor al bien del que se erige voluntariamente en campeón suyo, arrostrando tantos peligros, hallásemos impugnaciones, no necesitaríamos por cierto ir muy lejos a buscar ejemplos que apoyasen nuestro aserto. Echemos una ojeada sobre el carácter privado de los escritores satíricos más conocidos, y dígasenos si la noble indignación de Juvenal contra el vicio está desmentida en su vida; si no se reconoce en la de Boileau; si ofrece pruebas contra ella la del virtuoso Molière o la del adusto Addison; si la filantropía y la beneficencia con que ilustró su vida el filósofo de Ferney pueden ponerse en duda; y viniendo a nosotros, donde este argumento fuera más fácil de contradecirse, si no fuese tan cierto, ¿qué actos públicos nos han quedado como prueba de la inmoralidad, de la perversidad de los satíricos, en la biografía de los Góngoras, de Cervantes, de Quevedo (por más que se haya querido manchar la memoria de estos hombres con suposiciones no bastante probadas o con recuerdos de anécdotas picarescas), en la del virtuoso Jovellanos, en la de Forner, en la de Moratín, en la de cuantos han cultivado con más o menos acierto la sátira entre nosotros?

¿De qué crímenes públicos podremos hallar la tacha en tan ilustres vidas? ¿Dónde está la huella de esa maligna condición que debía hacer para ellos de la sátira una pasión dominante y nociva?

Acabemos de conocer de una vez que esa opinión general tan injusta es otra dificultad que arrostra el satírico, y que, si la calumnia se adhiere con predilección a la fama de los hombres de mérito, no es seguramente la de los satíricos la que echa en olvido, y no son sus cenizas las que su puñal revuelve con menos encarnizamiento, para valernos de la expresión de un poeta.

La otra consideración que nos queda que hacer es en verdad más personal a los escritores satíricos, pero una vez meditada no es por eso menos triste. Supone el lector, en quien acaba un párrafo mordaz de provocar la risa, que el escritor satírico es un ser consagrado por la Naturaleza a la alegría, y que su corazón es un foco inextinguible de esa misma jovialidad que a manos llenas prodiga a sus lectores.

Desgraciadamente, y es lo que éstos no saben siempre, no es así. El escritor satírico es por lo común, como la luna, un cuerpo opaco destinado a dar luz, y es acaso el único de quien con razón se puede decir que da lo que no tiene. Ese mismo don de la naturaleza de ver las cosas tales cuales son, y de notar antes en ellas el lado feo que el hermoso, suele ser su tormento. Llámanle la atención en el sol más sus manchas que su luz, y sus ojos, verdaderos microscopios, le hacen notar la fealdad de los poros exagerados, y las desigualdades de la tez en una Venus, donde no ven los demás sino la proporción de las facciones y la pulidez de los contornos; ve detrás de la acción aparentemente generosa el móvil mezquino que la produce; ¡y eso llaman sin embargo ser feliz! Esa acrimonia misma, esa mordacidad jocosa que suele hacer tan a menudo el contento de los demás, es en él la fría impasibilidad del espejo que reproduce las figuras no sólo sin gozar, sino a veces empañándose.

Molière era el hombre más triste de su siglo, y entre nosotros difícilmente pudiéramos citar a Moratín como un modelo de alegría. Apelamos, si no, a cuantos le hayan conocido. Y si nos fuera lícito en fin nombrarnos siquiera al lado de tan altos modelos, si nos fuera lícito siquiera adjudicarnos el título de escritores satíricos, confesaríamos ingenuamente que sólo en momentos de tristeza nos es dado aspirar a divertir a los demás.

Pero nuestros lectores perdonarán fácilmente este atrevimiento, si antes de concluir este artículo les confesamos que sólo ha podido dar lugar a él una inculpación que nos ha sido hecha recientemente: hay quien supone que sólo una «pasión dominante» de criticar guía nuestra pluma. No como escritores de mérito, que envidiamos a cuantos le tienen, y del cual nos vemos desgraciadamente demasiado desnudos, sino al fin como escritores satíricos, calidad que ni podemos ni queremos negar, hemos tratado de salir a la defensa de su supuesta maligna condición. Ignoramos si lo habremos logrado, pero nunca creeremos inútil hacer nuevas profesiones de fe, por más que las hayamos repetido, en punto tan importante. Somos satíricos porque queremos criticar abusos, porque quisiéramos contribuir con nuestras débiles fuerzas a la perfección posible de la sociedad a que tenemos la honra de pertenecer. Pero deslindando siempre lo lícito de lo que nos es vedado, y estudiando sin cesar las costumbres de nuestra época, no escribimos sin plan; no abrigamos una pasión dominante de criticarlo todo con razón o sin ella; somos sumamente celosos de la opinión buena o mala que puedan formar nuestros conciudadanos de nuestro carácter; y en medio de los disgustos a que nos condena la dura obligación que nos hemos impuesto, cuyos peligros arrostramos sin restricción, el mayor pesar que podemos sentir es el de haber de lastimar a nadie con nuestras críticas y sátiras; ni buscamos ni evitamos la polémica; pero siempre evitaremos cuidadosamente, como hasta aquí lo hicimos, toda cuestión personal, toda alusión impropia del decoro del escritor público y del respeto debido a los demás hombres, toda invasión en la vida privada, todo cuanto no tenga relación con el interés general. Júzguennos ahora nuestros lectores, y zumben en buen hora en derredor nuestro los tiros emponzoñados de los que son en realidad más malignos que nosotros.

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EL ROMANTICISMO ESPAÑOL

David Friedrich

INTRODUCCIÓN:

España se incorporó lentamente.Las nuevas ideas entraron por Cádiz a través de Nicolás Bolh de Faber y por Barcelona a través del diario El europeo. Ya a finales del siglo XVIII aparecieron muestras prerrománticas con Noches lúgubres de Cadalso en la prosa, Cienfuegos en la poesía o El delincuente honrado de Jovellanos en teatro.

Características:

  • Temáticas:

  1. Subjetivismo y egocentrismo: El personaje romántico se yergue altivo y desdeñoso contra las leyes y los límites que le oprimen y desafía a la sociedad y al propio Dios.Se exaltan personajes rebeldes: Caín, Prometeo, los piratas, D. Juan…
  2. Insatisfacción:Se debe a la inadecuación entre deseo/realidad.Caerá en el “taedium vitae” De ahí surge el “mal del siglo”, es decir, una melancolía indefinible.La felicidad es una aspiración irrealizable.
  3. Individuo,libertad:Esa conciencia de sí mismo dará lugar al sentimentalismo, la conciencia social, el nacionalismo, el irracionalismo…Busca expresarse a sí mismo, la base será la originalidad, no la imitatio, como pasaba con el Neoclasicismo.
  4. La evasión:Evitan lo vulgar y cotidiano.Están hastiados de la sociedad que les rodea, para eso buscan lo extraordinario, el ensueño, lo exótico.
  5. La naturaleza:El ambiente que nos vamos a encontrar será un paisaje libre, agreste, violento, nocturno, recurre al tópico de las ruinas, los sepulcros…todo ello para expresar su intimidad.
  6. Reflexiones filosóficas y políticas: Preocupa la muerte, el tempus fugit,el sentido de la vida…igual que lo popular y lo folklórico que conducirán al “costumbrismo”Se afirmarán los valores nacionales, regionales y populares.
  • Formales:

  1. Ausencia de reglas, anhelo de libertad.Se apuesta por las mezcla de géneros.Se valora la originalidad.
  2. Renovación métrica:Inventaron nuevas combinaciones de versos.
  3. Renovación léxica. Sigue leyendo

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HOLDERLIN

Poeta alemán influido por la filosofía idealista y el mundo griego. Buena parte de sus obras fueron escritos en una zona de penumbra entre la razón y la locura en la que siempre vivió.Está considerado el precedente de los románticos alemanes. Destaca el Himno a la humanidad. A los treinta y pocos años perdió definitivamente la cordura y pasó el resto de su vida en una torre custodiado por un leñador.

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LORD BYRON

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Poeta romántico inglés.Vio su vida amargada por una cojera congénita y una madre caprichosa y de carácter vehemente. Recorrió muchos países europeos.Escribió su primer libro con 18 años.Su obra refleja una rebeldía contra los convencionalismos sociales y el poder.Destaca su obra:D. Juan.Acabará muriendo a los 36 años a causa de una fiebre cuando luchaba por la independencia de Grecia.

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