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BOCCACCIO. CORNUDO Y APALEADO.

En París vivió un hombre noble florentino, el cual, por su pobreza, se había hecho mercader, y le había ido tan bien con el comercio que se había hecho en él riquísimo; y tenía de su mujer un solo hijo al que había llamado Ludovico. Y para que a la nobleza del padre y no al comercio saliese, no lo había el padre querido poner en ningún negocio sino que lo había puesto con otros hombres nobles al servicio del rey de Francia, donde muchas buenas maneras y buenas cosas había aprendido. Y estando allí, sucedió que ciertos caballeros que volvían del Sepulcro, mezclándose en una conversación de los jóvenes entre los que estaba Ludovico, y oyéndolos razonar entre sí sobre las damas hermosas de Francia y de Inglaterra y de otras partes del mundo, comenzó uno de ellos a decir que ciertamente de cuanto mundo él había recorrido y de cuantas mujeres había visto, nunca una hermosura semejante a la mujer de Egano de los Galluzzi de Bolonia, llamada doña Beatriz, había visto; en lo que todos sus compañeros que junto con él la habían visto en Bolonia, concordaron, 1a cual cosa escuchando Ludovico, que todavía no se había enamorado de ninguna, se inflamó en tanto deseo de verla que en otra cosa no podía fijar el pensamiento; y del todo dispuesto a ir hasta Bolonia a verla, y allí quedarse si a ella le placía, dio a entender a su padre que quería ir al Sepulcro, lo que consiguió con gran dificultad. Poniéndose, pues, de nombre Aniquino, llegó a Bolonia, y como quiso la fortuna, al día siguiente vio a esta señora en una fiesta, y con mucho le pareció más hermosa de lo que pensado había; por lo que, enamorándose ardentísimamente de ella, se propuso no irse nunca de Bolonia si no conseguía su amor. Y pensando en qué camino debía seguir para ello, dejando cualquier otro decidió que, si pudiera hacerse criado del marido de ella, que tenía muchos, por acaso podría sucederle lo que deseaba. Vendidos, pues, sus caballos, y colocados sus criados de manera que estaban bien, habiéndoles ordenado que fingiesen no conocerlo, habiendo hecho amistad con su posadero, le dijo que de buena gana entraría como servidor de algún señor de bien, si alguno pudiese encontrar; al cual dijo el posadero: -Tú eres propiamente un sirviente que debía de ser muy apreciado por un hombre noble de esta tierra que tiene por nombre Egano, el cual tiene muchos, y todos los quiere aparentes como eres tú; yo le hablaré de ello.

Y como dijo, así lo hizo; y antes que se separase de Egano, hubo colocado con él a Aniquino, el cual le agradó lo más que podía ser. Y viviendo con Egano y teniendo oportunidades de ver con mucha frecuencia a su gobierno, tan bien y tan de grado comenzó a servir a Egano que éste le tomó tanto amor que sin él no sabía hacer ninguna cosa; y no solamente de sí sino de todas las cosas le había encomendado el gobierno. Sucedió un día que, habiendo ido Egano de cetrería y quedándose Aniquino en casa, doña Beatriz, que de su amor no se había apercibido todavía por mucho que para sí misma, mirándole a él y a sus maneras, muchas veces le había elogiado y le agradase, se puso con él a jugar al ajedrez; y Aniquino, que agradarle deseaba, muy diestramente se dejaba vencer; de lo que la señora hacía maravillosas fiestas . Y habiéndose apartado de mirarlos jugar todas las damas de la señora y dejándolos jugando solos, Aniquino lanzó un grandísimo suspiro.

La señora, mirándolo, dijo:

-¿Qué tienes, Aniquino? ¿Tanto te duele que te venza?

-Señora -repuso Aniquino-, mucho mayor cosa que lo es ésta fue la razón de mi suspiro. Dijo entonces la señora:

-¡Ah! Dímela, si me quieres bien.

Cuando Aniquino se oyó rogar «si la quería bien» por quien sobre todas las cosas amaba, lanzó uno mucho mayor de lo que lo había sido el primero; por lo que la señora otra vez le rogó que le pluguiese decirle cuál era la razón de sus suspiros.

A quien Aniquino dijo:

-Señora, mucho temo que os sea molesta si os la digo y además temo que la digáis a otra persona. A quien la señora dijo:

-Por cierto que no me será enojoso; y estate seguro de esto, que nada que tú me digas, sino cuando te plazca, le diré a nadie nunca.

Entonces dijo Aniquino:

-Puesto que así me lo prometéis, os lo diré.

Y con las lágrimas en los ojos le dijo quién era él, lo que de ella había oído y dónde, y cómo de ella se había enamorado y cómo venido, y por qué había entrado como servidor del marido; y luego, humildemente le rogó que si podía ser le pluguiera tener piedad de él y complacerle en este su secreto y tan ferviente deseo; y que, si esto no quería hacer, que, dejándolo estar en el traje en que estaba, le permitiese amarla. ¡Oh, singular dulzura de la sangre boloñesa, que digna de alabanza has sido siempre en tales casos! Nunca te enorgulleciste de las lágrimas y los suspiros y continuamente has sido sensible a las súplicas, y a los amorosos deseos doblegable; si yo tuviera dignas loas para alabarte, nunca saciada se vería mi voz. La noble señora, al hablar Aniquino, le miraba; y dando plena fe a sus palabras, con tanta fuerza recibió por sus ruegos el amor en la mente, que también ella comenzó a suspirar, y luego de algún suspiro repuso:

-Dulce Aniquino mío, ten buen ánimo: ni dones ni promesas ni cortejar de nobles ni de señor alguno ni de ningún otro (que he sido y soy cortejada por muchos) nunca pudo mover mi ánimo tanto que amase a alguno; pero tú en tan poco tiempo como han durado tus palabras me has hecho más tuya que lo soy mía. Juzgo que óptimamente has ganado mi amor, y por ello te lo doy y te prometo que te haré gozar de él antes de que termine esta noche que viene. Y para que esto tenga lugar, hacia la medianoche vendrás a mi alcoba; yo dejaré la puerta abierta; sabes de qué lado de la cama duermo yo; vendrás allí y si durmiere, tócame hasta que me despierte, y te consolaré de tan largo deseo como has sentido; y para que lo creas quiero darte un beso en prenda.

Y echándole un brazo al cuello, amorosamente lo besó, y Aniquino a ella. Dichas estas cosas, Aniquino, dejando a la señora, se fue a hacer algunas de sus obligaciones, esperando con la mayor alegría del mundo que llegase la noche. Egano volvió de la caza, y cuando hubo cenado, como estaba cansado se fue a dormir, y la señora tras él; y como había prometido dejó la puerta de la alcoba abierta; a la cual, a la hora que le había sido dicha, vino Aniquino y calladamente entrando en la alcoba y volviendo a cerrar la puerta por dentro, del lado donde dormía la señora se fue, y poniéndole la mano en el pecho la encontró que no dormía. La cual, como sintió llegar a Aniquino, tomando su mano con las dos suyas y sujetándolo fuerte, dándose vueltas en la cama tanto hizo que despertó a Egano que dormía; al cual dijo: -No quise decirte nada anoche porque me pareciste cansado; pero dime, así te guarde Dios, Egano, ¿a cuál tienes tú por el mejor criado y el más leal, y quién amas más, de los que tienes en casa? Repuso Egano:

-¿Qué es eso, mujer, qué me preguntas? ¿No lo sabes? No hay ni ha habido nunca ninguno de quien tanto me fiase o me fíe o ame, cuanto me fío y amo a Aniquino. Pero ¿por qué me lo preguntas? Aniquino, sintiendo despierto a Egano y oyendo hablar de él, había muchas veces tirado de la mano hacia sí para irse, temiendo mucho que la señora quisiese engañarle; pero ésta lo había sujetado y lo sujetaba de manera que no había podido alejarse ni podía.

La señora repuso a Egano, y dijo:

-Yo te lo diré. Yo creía que era que fuese como tú dices y que más fiel que ninguno otro te fuera; pero me ha engañado, porque cuando te fuiste hoy de cetrería, él se quedó aquí, y cuando le pareció oportuno no se avergonzó de pedirme que consintiera en hacer su gusto; y yo, para que esta cosa no necesitase probarte con demasiadas pruebas, y para hacértelo tocar y ver, repuse que me parecía bien y que esta noche, pasada la medianoche, iré al jardín nuestro y le esperaré al pie del pino. Ahora, en cuanto a mi yo no entiendo ir allí, pero si tienes ganas de conocer la fidelidad de tu criado, puedes fácilmente, poniéndote encima una de mis sayas y en la cabeza un velo, ir allá abajo a esperar si viene, que estoy segura de que sí. Egano, oyendo esto, dijo:

-Por cierto que conviene que lo vea.

Y levantándose como mejor pudo en la oscuridad, se puso una saya de la señora en la cabeza, y se fue al jardín y al pie de un pino se puso a esperar a Aniquino. La señora, como lo sintió levantado y fuera de la alcoba, se levantó y cerró la puerta por dentro. Aniquino, que el mayor miedo que nunca había sentido sintió, y que cuanto podía se había esforzado en salir de las manos de la señora y cien mil veces a ella y a su amor y a sí mismo, que confiado se había, había maldito, oyendo lo que al final había hecho, fue el hombre más feliz que nunca hubo; y habiendo la señora vuelto a la cama, como quiso ella, como ella se desnudó, y juntos se solazaron y disfrutaron por buen espacio de tiempo.

Luego, no pareciendo a la señora que Aniquino debiese quedarse más, lo hizo levantarse y volver a vestirse, y así le dijo:

-Dulces labios míos, coge un buen bastón y vete al jardín, y fingiendo haberme requerido para tentarme, como si fuese yo misma, dirás insultos a Egano y me lo sacudirás bien con el bastón, porque de ello se seguirá luego maravilloso deleite y placer.

Levantándose Aniquino y yendo al jardín con una vara de sauce en la mano, cuando llegó junto al pino y Egano lo vio venir, y levantándose como si quisiese recibirlo con grandísima fiesta, le salió al encuentro; al cual dijo Aniquino:

-¡Ay, mala mujer, así que has venido! ¿Y has creído que yo quisiera o quiero a mi señor hacerle esta afrenta? ¡Seas mil veces mal venida!

Y alzando el bastón, comenzó a sacudirlo.

Egano, al oír esto y ver el bastón, sin decir palabra comenzó a huir, y tras él Aniquino, siempre diciendo:

-Fuera, que Dios te dé malahora, mala mujer, que por cierto que mañana se lo diré a Egano. Egano, habiendo recibido dos de las buenas, lo antes que pudo se volvió a la alcoba; al cual preguntó la señora si Aniquino había venido al jardín.

Egano dijo:

-Así no hubiera ido, porque creyendo que eras tú me ha molido con un bastón y dicho las mayores injurias que nunca se han dicho a una mala mujer. Y así yo me maravillaba mucho de que él te hubiese dicho aquellas palabras con ánimo de hacer algo que fuese en vergüenza mía; sino que porque te vio tan alegre y cordial, quiso probarte.

-Entonces -dijo la señora-, alabado sea Dios porque a mí me ha probado con palabras y a ti con obras; y creo que podría decir que yo soporto con más paciencia las palabras que tú las obras. Mas puesto que tal lealtad te tiene, hay que tenerlo en estima y honrarle.

Egano dijo:

-Por cierto que dices la verdad.

Y basándose en aquello, era de la opinión de que tenía la mujer más leal y el más fiel servidor que nunca había tenido un noble; por la cual cosa, como luego muchas veces con Aniquino, éste y la señora riesen de este hecho, Aniquino y la señora tuvieron mucha más facilidad de la que por ventura habrían tenido para hacer aquello que les daba deleite y placer mientras que a Aniquino le plugo quedarse con Egano en Bolonia. CORN

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EL ÁRBOL DE LAS MANZANAS.

Hace mucho tiempo existía un enorme árbol de manzanas. Un pequeño niño lo amaba mucho y todos los días jugaba alrededor de él. Trepaba al árbol hasta el tope y el le daba sombra. El amaba al árbol y el árbol amaba al niño.
Pasó el tiempo y el pequeño niño creció y el nunca más volvió a jugar alrededor del enorme árbol. Un día el muchacho regresó al árbol y escuchó que el árbol le dijo triste:
-¿Vienes a jugar conmigo?
Pero el muchacho contestó:
-Ya no soy el niño de antes que jugaba alrededor de enormes árboles. Lo que ahora quiero son juguetes y necesito dinero para comprarlos.
-Lo siento -dijo el árbol-, pero no tengo dinero… Te sugiero que tomes todas mis manzanas y las vendas. De esta manera tú obtendrás el dinero para tus juguetes.
El muchacho se tomó todas las manzanas y obtuvo el dinero y el árbol volvió a ser feliz. Pero el muchacho nunca volvió después de obtener el dinero y el árbol volvió a estar triste.
Tiempo después, el muchacho regresó y el árbol se puso feliz y le preguntó:
-¿Vienes a jugar conmigo?
-No tengo tiempo para jugar. Debo de trabajar para mi familia. Necesito una casa para compartir con mi esposa e hijos. ¿Puedes ayudarme?
-Lo siento, pero no tengo una casa, pero… tú puedes cortar mis ramas y construir tu casa.
El joven cortó todas las ramas del árbol y esto hizo feliz nuevamente al árbol, pero el joven nunca más volvió desde esa vez y el árbol volvió a estar triste y solitario.
Cierto día de un cálido verano, el hombre regresó y el árbol estaba encantado.
-¿Vienes a jugar conmigo? -le preguntó el árbol.
El hombre contestó:
-Estoy triste y volviéndome viejo. Quiero un bote para navegar y descansar. ¿Puedes darme uno?
El árbol contestó:
-Usa mi tronco para que puedas construir uno y así puedas navegar y ser feliz.
El hombre cortó el tronco y construyó su bote. Luego se fue a navegar por un largo tiempo.
Finalmente regresó después de muchos años y el árbol le dijo:
-Lo siento mucho, pero ya no tengo nada que darte, ni siquiera manzanas.
El hombre replicó:
-No tengo dientes para morder, ni fuerza para escalar… Ahora ya estoy viejo.
Entonces el árbol, con lágrimas, le dijo:
-Realmente no puedo darte nada…. la única cosa que me queda son mis raíces muertas.
Y el hombre contestó:
-Yo no necesito mucho ahora, sólo un lugar para descansar. Estoy tan cansado después de tantos años…
-Bueno, las viejas raíces de un árbol, son el mejor lugar para recostarse y descansar. Ven siéntate conmigo y descansa.
El hombre se sentó junto al árbol y este feliz y contento sonrió con lágrimas.
El árbol… son nuestros padres.

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BOCCACCIO. EL PALAFRENERO.

sorpresaAgilulfo, monarca de los longobardos, estableció en Paria, ciudad de Lombardía, la base de su soberanía. Como sus antecesores, cogió por mujer a Tendelinga, viuda de Autari, también soberano de los longobardos.

La señora era hermosísima, prudente y honrada, pero desafortunada en afectos. Y, yendo muy bien las cosas de los longobardos por la virtud y la razón de Agilulfo, aconteció que un palafrenero de la nombrada reina, hombre de muy ruin condición por su nacimiento, pero superior en su oficio, y arrogante en su persona, se enamoró intensamente de la reina, y como su baja condición no le impedía advertir que aquel amor escapaba a toda conveniencia, a nadie se lo declaró, ni siquiera a ella con su mirada.

Y sin esperanza alguna siguió viviendo. Pero se jactaba consigo mismo de haber puesto sus pensamientos en tan alto lugar y, ardiendo en amoroso calor, se dedicaba a hacer mejor que sus compañeros lo que a su reina pudiese complacer. Por esto, cuando la reina deseaba cabalgar, prefería de entre todos al palafrén, lo que él tenía como un privilegio, y no se apartaba de ella, juzgándose afortunado algunas veces si podía rozarle los vestidos.

Pero el amor, como muchas veces vemos, cuando tiene menos esperanza suele aumentar, y así le sucedía al pobre palafrenero, que hallaba insoportable mantener su escondido deseo, al que ninguna esperanza ayudaba. Y muchas veces, no logrando librarse de su amor, pensó en morir. Y, reflexionando cómo lograrlo, decidió que fuese de tal manera que se notara que moría por el amor que había puesto y profesaba a la reina, y se propuso que fuera de manera que la fortuna le diese la posibilidad de obtener, totalmente o en parte, la satisfacción de su anhelo.

No deseó manifestar nada a la reina, ni le expresó su amor escribiéndole, ya que sabía que era infructuoso hablar o escribir, mas resolvió ensayar si era posible, por ingenio, con ella acostarse. Mas no veía otro medio ni recurso que hacerse pasar por el rey, el cual no dormía con la reina de continuo.

Y para a ella llegar y entrar en su estancia, procuró el hombre averiguar en qué forma y hábito iba allá el rey. Y así muchas veces, durante la noche, se escondió en una gran sala del real palacio a la que daban los aposentos de la reina y del rey. Y una noche vio a Agilulfo salir de su cámara envuelto en un gran manto, en una mano una antorcha encendida y en la otra una varita, y en llegando a la puerta de la reina, sin nada decir, golpeó la madera con la vara una vez o dos, y se abrió la puerta y le quitáron la antorcha de la mano.

Y esto visto, y vuelto a ver, pensó el palafrenero que él debía hacer otro tanto, y mandó que le aderezasen un manto semejante al del rey, y, provisto de una antorcha y una vara, una noche, tras lavarse bien en un baño para que la reina no advirtiese el olor del estiércol y con él el engaño, en la sala, como solía, se escondió.

Y notando que ya todos dormían, pensó que era momento de conseguir su deseo, o, con alta razón, la muerte que arrostraba, y, haciendo con la yesca y eslabón que llevaba encima un poco de fuego, encendió la luz y, envuelto en el manto, se acercó al umbral y dos veces llamó con la vara. Abrió la puerta una soñolienta camarera, que le retiró y apartó la luz y él, sin decir nada, traspasó la cortina, se quitó la capa y se acostó donde la reina dormía. Deseosamente la tomó en sus brazos, y, fingiéndose conturbado por saber que en esos casos nunca el rey quería oír nada, sin nada decir ni que le dijesen, conoció carnalmente varias veces a la reina aquella noche. Le apesadumbraba partir, pero comprendiendo que el mucho retardarse podía volverle en tristeza el deleite obtenido, se levantó, púsose el manto, empuñó la luz y, sin nada hablar, se fue y volviose a su lecho tan presto como pudo.

Y apenas había llegado allá cuando el rey, alzándose, fue a la cámara de la reina, de lo que ella se maravilló mucho, y entrando en el lecho y alegremente saludándola, ella, adquiriendo osadía con el júbilo de su marido, dijo:

-Señor, ¿qué novedad es la de esta noche? Ha instantes que os partisteis de mí y más que de costumbre os habéis refocilado conmigo, ¿y tan pronto volvéis? Mirad lo que hacéis.

Al oír tales palabras, el rey presumió que la reina había sido engañada por alguna similitud de persona y costumbres, pero como discreto, en el acto pensó que, pues la reina no lo había advertido, ni nadie más, valía más no hacérselo comprender, lo que muchos necios no hubiesen hecho, sino que habrían dicho: “Yo no fui. ¿Quién fue? ¿Cómo se fue y cómo vino?”. Y así el rey respondió, más turbado en su ánimo que en su semblante, preguntó:

-¿No os parezco, mujer, hombre capaz de estar una vez acá y tornar luego?

-Sí, mi señor, pero, con todo, os ruego que miréis por vuestra salud.

Con el ánimo lleno de ira y de mal talante por lo que ya sabía que le habían hecho, tomó su manto, salió de la estancia y resolvió con sigilo encontrar al que tan feo recado le hiciera, imaginando que debía ser alguien de la casa y que no había podido salir de ella. Y así, encendiendo una lucecita en una linternilla, se fue a una muy larga casa que había en su palacio sobre las cuadras y en la que dormían casi todos sus sirvientes en distintos lechos. Y estimando que al que hubiese hecho lo que la mujer decía no le habría aún cesado la agitación de pulso y corazón por el reciente afán, con cautelosos pasos, y comenzando por uno de los principales de la casa, a todos les fue tocando el pecho para saber si les latía el corazón con fuerza.

Los demás dormían, pero no el que había yacido con la reina, por lo cual, viendo venir al rey e imaginando lo que buscaba, comenzó a temer mucho, en términos que a los pálpitos anteriores de su corazón se agregaron más, por albergar la firme creencia de que, si el rey algo notaba, le haría morir.
Varias cosas le bulleron en el pensamiento, pero, observando que el rey iba sin armas, resolvió fingir que dormía y esperar lo que aconteciese.  Habiendo dado el rey muchas vueltas, sin que le pareciese encontrar al culpable, se llegó al palafrenero, y observando cuán fuerte le latía el corazón, se dijo: “Éste es”. Pero como no quería que nadie se percatase de lo que pensaba hacer, se contentó, usando unas tijeras que llevaba, con tonsurar al hombre parte de los cabellos, que entonces se llevaban muy largos, a fin de poderle reconocer al siguiente día; y, esto hecho, volviose a su cámara.

El hombre, que todo lo había sentido y era malicioso, comprendió por qué le habían señalado así y, sin esperar a más, se levantó y, buscando un par de tijeras que había en el establo para el servicio de los caballos, a todos los que allí yacían, andando sin ruido, les cortó parte del cabello por encima de la oreja y, sin ser sentido, se volvió a dormir.

El rey, al levantarse por la mañana, mandó que, antes de que las puertas del palacio se abriesen, se le presentase toda la servidumbre, y así se hizo. Y estando todos ante él con la cabeza descubierta, y viendo a casi todos con el cabello de análogo modo cortado, se maravilló y dijo para sí: “El que ando buscando, aunque sea de baja condición, muestra da de tener mucho sentido”. Y, reconociendo que no podía, sin escándalo, descubrir al que buscaba, y no queriendo por pequeña venganza sufrir gran afrenta, resolvió con cortas palabras hacerle saber que él había reparado en las cosas ocurridas y, vuelto a todos, dijo:

-Quien lo hizo, no lo haga más, e id con Dios.

Otro les habría hecho interrogar, atormentarlos, examinarlos e insistirlos, y así habría descubierto lo que todos deben ocultar, y al descubrirlo, aunque tomase entera venganza, habría aumentado su afrenta y empeñado la honestidad de su mujer. Los que sus palabras oyeron se pasmaron y largamente trataron entre sí de lo que el rey había querido significar, pero nadie entendió nada, salvo aquel que tenía motivos para ello. El cual, como discreto, nunca, mientras vivió el rey, esclareció el caso, ni nunca más su vida con tan expuesto acto confió a la Fortuna.

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FÁBULA DE LOS CHACALES Y EL ELEFANTE.

Una manada de chacales había devorado todos los animales muertos que había en la selva.

-Ahora nos moriremos de hambre -aullaban1os chacales.

-Nada de eso -respondió un chacal viejo y astuto-. Tengo una buena idea que nos sacará del apuro.

El viejo chacal fue en busca del elefante y le dijo:

-Elefante, a ti que eres sabio vengo a proponerte algo. Los chacales teníamos un rey, al que todos obedecíamos; pero se volvió tan soberbio que nos ordenaba hacer cosas que nos resultaban imposibles; por eso lo hemos destronado y hemos decidido elegir otro rey. ¿Y a quién elegiríamos mejor que a ti? Mi pueblo te ruega que seas nuestro rey.

Obedeceremos todas tus órdenes. ¡Ven con nosotros!

El elefante consintió en ser rey de los chacales y siguió al viejo chacal.

Pero el muy astuto condujo al elefante a un extenso pantano, Cuando el elefante notó que se hundía en el viscoso fango, sin poder salir de allí, llamó al chacal. Éste respondió:

-No tienes más que dar órdenes y lo que pidas se hará.

-Te ordeno que me ayudes a salir de este pantano -dijo el elefante.

El chacal se echó a reír.

-Agárrame del rabo con tu trompa -le gritó- y te sacaré” enseguida.

El elefante le preguntó extrañado:

-¿Crees de verdad, amigo, que me podrás sacar de aquí por ese procedimiento?

Entonces el chaca1 se fingió furioso y le gritó, encolerizado:

– ¿Por qué me das una orden si sabes que es imposible que la cumpla? ¡Eres igual que nuestro anterior rey! ¡Nos daba órdenes que no podíamos obedecer, y por eso lo destronamos!

El elefante se murió en el pantano, y cuando ya estaba muerto toda la manada de chacales se precipitó sobre su cadáver y lo devoraron.

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ANÁLISIS DE LA VARIEDAD DIATÓPICA: VÍCTOR MANUEL. AXUNTANDO Y ATROPANDO.

En Santo Domingo entré
y por Pedru Crespu Calvu carpinteiru preguntéi;
y me dixo una señora ¿Qué Pedro pregunta usted?
Pel de arriba Pel de abajo o Pel el del arrabal.
Hay tres Pedrus Crespus Calvus carpinteirus nel llugar.
Hay tres Pedrus Crespus Calvus que nun quieren trabayar.
Tenía unos becerros negros fui llevalos a la Granda,
en el medio del camino acordeime de Mariana.
Dexé los becerros solos ya di la vuelta pa casa.
Yo dexei la puerta abierta y atopeila muy trancada.
¿Tú que ficiste Mariana qu´estaba tan atrancada?
Tou cansada de de meter camises en la colada.
¿Qué ye aquello que se ve delante la nuestra casa?
El gatu del señor cura que bien ve la nuestra gata.
Nunca vi gatu nin gata con la corona rapada.

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HORACIO QUIROGA. LA GALLINA DEGOLLADA (Versión acortada)

Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta. Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Se animaban sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. La desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros.

—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.

—De nuestros hijos, ¿me parece?

—Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.

Esta vez Mazzini se expresó claramente:

— ¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?

— ¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!… ¡No faltaba más!… —murmuró.

Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo. Nació así una niña maravillosa, orgullo de sus padres. Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad y sin ninguna caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años.

Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por sus fincas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija se escapó enseguida a casa.

 

De pronto, algo se interpuso entre la mirada de los hijos idiotas y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Los cuatro idiotas la vieron cómo lograba dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco. No apartaban los ojos de su hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña empezó a caerse del otro lado, seguramente, se sintió cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.

— ¡Soltadme! ¡Dejadme! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.

— ¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero  se cayó. No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana la sirvienta había desangrado a la gallina.

El matrimonio prestó oído, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.

— ¡Bertita!

Nadie respondió.

— ¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.

Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.

— ¡Mi hija, mi hija! —corrió Mazini ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.

Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:

—    ¡No entres! ¡No entres!

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LADRONES DEL PARAÍSO. MEDARDO FRAILE.

Pero aquella tarde estaba nevando y Jeremías miraba por el ventanillo los copos blancos de nieve. « ¡Si tuviera un periódico para leer!», pensaba. Había oído muchas veces con envidia vocear los periódicos a los vendedores. « ¡O si tuviera un libro! ¡Notaría menos el frío, quizá!» Pero en su celda había sólo un duro camastro, un cantarillo con agua y un trozo de pan. En realidad, no se comía mal en la cárcel, pero cada preso tenía pan y agua, porque el director cuidaba los detalles que dan a las celdas un aspecto cruel. Jeremías bostezaba con generosidad, poniendo toda su alma inocente en el bostezo, y se aburría mucho. Un pájaro vino a posarse en el ventanillo. Esto era corriente, sobre todo en primavera y verano. Se fijó en la visita: una nevatilla, llamada también lavandera, tal vez por su aspecto lamido y sus intenciones limpias. Jeremías se quedó quieto y el pajarillo le miraba con interés meneando su cola arriba y abajo. No sólo no tenía miedo mirando al preso, sino que saltó al suelo de la celda con la mayor soltura, porque la nevatilla tenía su idea. Casi la misma que le surgió de pronto a Jeremías. La estaba mirando, y al ver sus colores blanco y ceniciento, y sus alas con rayitas blancas, se le ocurrió que el pájaro aquel tenía aspecto de preso: un preso nervioso y pequeñín. Y la nevatilla, mirando a Jeremías, pensaba que el hombre aquel, menudo, grisáceo, con esas rayas que le veía en los costados, podía ser muy bien un pájaro de su ilustre familia, los Motacílidos. Y se tomaron gran simpatía y jugaron a ser compañeros. La pajarita daba saltos formando un círculo dentro de la pequeña celda, y Jeremías, detrás de ella, daba saltitos imitándola, muy divertido. Así estuvieron qué sé yo el tiempo, y Jeremías no se cansaba, sino al contrario, cada vez se encontraba más ágil y con menos peso. La nevatilla saltó de pronto, volando al ventano. Y Jeremías, como si nada, saltó detrás. Vio que los barrotes del ventano eran mayores que él y comenzaron a mirarse, a la misma altura, el hombre y el pájaro. La pajarita, con ademanes tajantes, invitaba a Jeremías a hacer su primer vuelo. Porque él se había convertido en un pájaro gemelo a ella. Y Jeremías voló, en efecto, porque ya era un pájaro. Hecho este milagro sencillo, la nevatilla volvió a la celda y se quedó allí pensando alguna cosa, jugando a cumplir condena tal vez, o, simplemente, sustituyendo un rato a Jeremías. Cuando se hartó, pasó a la galería atravesando la reja de la puerta. Con aire pedante y satisfecho —como si fuera con las manos atrás— llegó hasta Federico, cancerbero terrible que estaba sentado, lleno el vientre de llaves, en la galería, a un extremo, en un sillón de mimbre desfondado. Se quedó un rato mirándolo: era gordo y con la cara encendida como grana, y tenía los ojos saltones, con la mirada más que feroz llena de miedo, de un miedo feroz. Federico, al verla llegar, pensó: « ¡Vaya! ¡Este pajarito no tiene miedo!» Y la miraba sin saber qué hacer. Pero como no tenía hijos ni esposa, ni sobrinos —únicamente presos—, pensó que el pájaro aquel no le servía de nada. Y, al fin, dándole vueltas a su pesado caletre, tuvo una idea: él, que se pasaba la vida encerrando seres, tendría esta vez el gusto de otorgar a un ser la libertad. En efecto, tendió su mano abierta hacia la pajarita. Ella saltó a la mano con indiferencia, sin escrúpulo alguno. El carcelero, renqueando, se levantó del sillón y encarriló sus pasos a la baranda del patio. Desde allí se veía el cielo lleno de nieve. Se dio con la mano un golpe en el brazo en que llevaba el pájaro, gritando: « ¡Vuela!» Y la nevatilla se fue por los aires. « ¡Vuelve, vuelve!», gritó el guardián de pronto, arrepentido y medroso. Había visto con temor las rayas que el pájaro tenía en las alas y dijo para sí que podía ser un preso al que había soltado sin ningún permiso. Porque el cancerbero veía, naturalmente, que volaba un pájaro, pero creía en los seres encantados, y aquel volátil se le antojó demasiado seguro de sí mismo, tal vez un pájaro de cuenta. La nevatilla que había libertado a Jeremías, el preso del tulipán, volaba rauda y alegre, y es claro que no pensó ni un instante volver a las garras de Federico. Buscó entre la nieve el camino del sol que saben, para calentarse, los pájaros buenos que han hecho en su vida cosas un poco milagrosas. Casi nada: ¡reducir el tamaño de un preso y enseñarle a volar…!

 

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