ARCIPRESTE DE TALAVERA. EL CORBACHO.


La avaricia en la mujersartene

Por ende puedes más creer cuánta es la avaricia en la mujer, que apenas verás que menesteroso sea de ellas acorrido en su necesidad; antes no estudian sino como picaza dónde esconderán lo que tienen, porque no se lo hallen ni vean. Y así la mujer se esconde de su marido, como la amigada de su amigo, la hermana del hermano, la prima del primo. Y demás, por mucho que tengan siempre están llorando y quejándose de pobreza: «No tengo; no alcanzo; no me precian las gentes nada. ¿Qué será de mí, cuitada?». Y si alguna cosa de lo suyo despende, cualquier poco que sea, esto primeramente mil veces lo llora, mil zaheríos da por ello antes y después. Así les acontece, como hizo a los dos sabios Epicuro y Primas, que nunca su dios de Epicuro era sino comer, y de Primas sino beber, pensando no haber otro dios de natura sino comer y beber; en esto fenecieron sus días todos. Así la mujer piensa que no hay otro bien en el mundo sino haber, tener y guardar y poseer, con solícita guarda condensar, lo ajeno francamente despendiendo y lo suyo con mucha industria guardando. Donde por experiencia verás que una mujer en comprar por una blanca más se hará oír que un hombre en mil maravedíes. Ítem, por un huevo dará voces como loca y henchirá a todos los de su casa de ponzoña: «¿Qué se hizo este huevo? ¿Quién lo tomó? ¿Quién lo llevó? ¿A dó le este huevo? Aunque vieres que es blanco, quizá negro será hoy este huevo. Puta, hija de puta, dime: ¿quién tomó este huevo? ¡Quién comió este huevo comida sea de mala rabia: cámaras de sangre, correncia mala le venga, amén! ¡Ay huevo mío de dos yemas, que para echar vos guardaba yo! ¡Que de uno o de dos haría yo una tortilla tan dorada que cumplía mis vergüenzas. Y no vos enduraba yo comer, y comiovos ahora el diablo! ¡Ay huevo mío, qué gallo y qué gallina salieran de vos! Del gallo hiciera capón que me valiera veinte maravedíes, y la gallina catorce; o quizá la echara y me sacara tantos pollos y pollas con que pudiera tanto multiplicar, que fuera causa de sacarme el pie del lodo. Ahora estarme he como desventurada, pobre como solía. ¡Ay huevo mío, de la meajuela redonda, de la cáscara tan gruesa! ¿Quién me vos comió? ¡Ay, puta Marica, rostros de golosa, que tú me has lanzado por puertas! ¡Yo te juro que los rostros te queme, doña vil, sucia, golosa! ¡Ay huevo mío! Y ¿qué será de mí? ¡Ay, triste, desconsolada! ¡Jesús, amiga! ¿Cómo no me fino ahora? ¡Ay, Virgen María! ¿Cómo no revienta quien ve tal sobrevienta? ¡No ser en mi casa mezquina señora de un huevo! ¡Maldita sea mi ventura y mi vida sino estoy en punto de rascarme o de mesarme toda! ¡Ya, por Dios! ¡Guay de la que trae por la mañana el salvado, la lumbre, y sus rostros quema soplando por encenderla, y fuego hecho pone su caldera y calienta su agua, y hace sus salvados por hacer gallinas ponedoras, y que, puesto el huevo, luego sea arrebatado! ¡Rabia, Señor, y dolor de corazón! Endúrolos yo, cuitada, y paso como a Dios place y llévamelos al huerco. ¡Ya, Señor, y llévame de este mundo; que mi cuerpo no guste más pesares ni mi ánima sienta tantas amarguras! ¡Ya, Señor, por el que tú eres, da espacio a mi corazón con tantas angosturas como de cada día gusto! ¡Una muerte me valdría más que tantas, ya por Dios!». Y en esta manera dan voces y gritos por una nada.

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