LADRONES DEL PARAÍSO. MEDARDO FRAILE.


Pero aquella tarde estaba nevando y Jeremías miraba por el ventanillo los copos blancos de nieve. « ¡Si tuviera un periódico para leer!», pensaba. Había oído muchas veces con envidia vocear los periódicos a los vendedores. « ¡O si tuviera un libro! ¡Notaría menos el frío, quizá!» Pero en su celda había sólo un duro camastro, un cantarillo con agua y un trozo de pan. En realidad, no se comía mal en la cárcel, pero cada preso tenía pan y agua, porque el director cuidaba los detalles que dan a las celdas un aspecto cruel. Jeremías bostezaba con generosidad, poniendo toda su alma inocente en el bostezo, y se aburría mucho. Un pájaro vino a posarse en el ventanillo. Esto era corriente, sobre todo en primavera y verano. Se fijó en la visita: una nevatilla, llamada también lavandera, tal vez por su aspecto lamido y sus intenciones limpias. Jeremías se quedó quieto y el pajarillo le miraba con interés meneando su cola arriba y abajo. No sólo no tenía miedo mirando al preso, sino que saltó al suelo de la celda con la mayor soltura, porque la nevatilla tenía su idea. Casi la misma que le surgió de pronto a Jeremías. La estaba mirando, y al ver sus colores blanco y ceniciento, y sus alas con rayitas blancas, se le ocurrió que el pájaro aquel tenía aspecto de preso: un preso nervioso y pequeñín. Y la nevatilla, mirando a Jeremías, pensaba que el hombre aquel, menudo, grisáceo, con esas rayas que le veía en los costados, podía ser muy bien un pájaro de su ilustre familia, los Motacílidos. Y se tomaron gran simpatía y jugaron a ser compañeros. La pajarita daba saltos formando un círculo dentro de la pequeña celda, y Jeremías, detrás de ella, daba saltitos imitándola, muy divertido. Así estuvieron qué sé yo el tiempo, y Jeremías no se cansaba, sino al contrario, cada vez se encontraba más ágil y con menos peso. La nevatilla saltó de pronto, volando al ventano. Y Jeremías, como si nada, saltó detrás. Vio que los barrotes del ventano eran mayores que él y comenzaron a mirarse, a la misma altura, el hombre y el pájaro. La pajarita, con ademanes tajantes, invitaba a Jeremías a hacer su primer vuelo. Porque él se había convertido en un pájaro gemelo a ella. Y Jeremías voló, en efecto, porque ya era un pájaro. Hecho este milagro sencillo, la nevatilla volvió a la celda y se quedó allí pensando alguna cosa, jugando a cumplir condena tal vez, o, simplemente, sustituyendo un rato a Jeremías. Cuando se hartó, pasó a la galería atravesando la reja de la puerta. Con aire pedante y satisfecho —como si fuera con las manos atrás— llegó hasta Federico, cancerbero terrible que estaba sentado, lleno el vientre de llaves, en la galería, a un extremo, en un sillón de mimbre desfondado. Se quedó un rato mirándolo: era gordo y con la cara encendida como grana, y tenía los ojos saltones, con la mirada más que feroz llena de miedo, de un miedo feroz. Federico, al verla llegar, pensó: « ¡Vaya! ¡Este pajarito no tiene miedo!» Y la miraba sin saber qué hacer. Pero como no tenía hijos ni esposa, ni sobrinos —únicamente presos—, pensó que el pájaro aquel no le servía de nada. Y, al fin, dándole vueltas a su pesado caletre, tuvo una idea: él, que se pasaba la vida encerrando seres, tendría esta vez el gusto de otorgar a un ser la libertad. En efecto, tendió su mano abierta hacia la pajarita. Ella saltó a la mano con indiferencia, sin escrúpulo alguno. El carcelero, renqueando, se levantó del sillón y encarriló sus pasos a la baranda del patio. Desde allí se veía el cielo lleno de nieve. Se dio con la mano un golpe en el brazo en que llevaba el pájaro, gritando: « ¡Vuela!» Y la nevatilla se fue por los aires. « ¡Vuelve, vuelve!», gritó el guardián de pronto, arrepentido y medroso. Había visto con temor las rayas que el pájaro tenía en las alas y dijo para sí que podía ser un preso al que había soltado sin ningún permiso. Porque el cancerbero veía, naturalmente, que volaba un pájaro, pero creía en los seres encantados, y aquel volátil se le antojó demasiado seguro de sí mismo, tal vez un pájaro de cuenta. La nevatilla que había libertado a Jeremías, el preso del tulipán, volaba rauda y alegre, y es claro que no pensó ni un instante volver a las garras de Federico. Buscó entre la nieve el camino del sol que saben, para calentarse, los pájaros buenos que han hecho en su vida cosas un poco milagrosas. Casi nada: ¡reducir el tamaño de un preso y enseñarle a volar…!

 

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