Archivo diario: 17 febrero, 2013

FÁBULA DE LOS CHACALES Y EL ELEFANTE.

Una manada de chacales había devorado todos los animales muertos que había en la selva.

-Ahora nos moriremos de hambre -aullaban1os chacales.

-Nada de eso -respondió un chacal viejo y astuto-. Tengo una buena idea que nos sacará del apuro.

El viejo chacal fue en busca del elefante y le dijo:

-Elefante, a ti que eres sabio vengo a proponerte algo. Los chacales teníamos un rey, al que todos obedecíamos; pero se volvió tan soberbio que nos ordenaba hacer cosas que nos resultaban imposibles; por eso lo hemos destronado y hemos decidido elegir otro rey. ¿Y a quién elegiríamos mejor que a ti? Mi pueblo te ruega que seas nuestro rey.

Obedeceremos todas tus órdenes. ¡Ven con nosotros!

El elefante consintió en ser rey de los chacales y siguió al viejo chacal.

Pero el muy astuto condujo al elefante a un extenso pantano, Cuando el elefante notó que se hundía en el viscoso fango, sin poder salir de allí, llamó al chacal. Éste respondió:

-No tienes más que dar órdenes y lo que pidas se hará.

-Te ordeno que me ayudes a salir de este pantano -dijo el elefante.

El chacal se echó a reír.

-Agárrame del rabo con tu trompa -le gritó- y te sacaré” enseguida.

El elefante le preguntó extrañado:

-¿Crees de verdad, amigo, que me podrás sacar de aquí por ese procedimiento?

Entonces el chaca1 se fingió furioso y le gritó, encolerizado:

– ¿Por qué me das una orden si sabes que es imposible que la cumpla? ¡Eres igual que nuestro anterior rey! ¡Nos daba órdenes que no podíamos obedecer, y por eso lo destronamos!

El elefante se murió en el pantano, y cuando ya estaba muerto toda la manada de chacales se precipitó sobre su cadáver y lo devoraron.

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ANÁLISIS DE LA VARIEDAD DIATÓPICA: VÍCTOR MANUEL. AXUNTANDO Y ATROPANDO.

En Santo Domingo entré
y por Pedru Crespu Calvu carpinteiru preguntéi;
y me dixo una señora ¿Qué Pedro pregunta usted?
Pel de arriba Pel de abajo o Pel el del arrabal.
Hay tres Pedrus Crespus Calvus carpinteirus nel llugar.
Hay tres Pedrus Crespus Calvus que nun quieren trabayar.
Tenía unos becerros negros fui llevalos a la Granda,
en el medio del camino acordeime de Mariana.
Dexé los becerros solos ya di la vuelta pa casa.
Yo dexei la puerta abierta y atopeila muy trancada.
¿Tú que ficiste Mariana qu´estaba tan atrancada?
Tou cansada de de meter camises en la colada.
¿Qué ye aquello que se ve delante la nuestra casa?
El gatu del señor cura que bien ve la nuestra gata.
Nunca vi gatu nin gata con la corona rapada.

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HORACIO QUIROGA. LA GALLINA DEGOLLADA (Versión acortada)

Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta. Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Se animaban sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. La desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros.

—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.

—De nuestros hijos, ¿me parece?

—Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.

Esta vez Mazzini se expresó claramente:

— ¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?

— ¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!… ¡No faltaba más!… —murmuró.

Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo. Nació así una niña maravillosa, orgullo de sus padres. Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad y sin ninguna caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años.

Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por sus fincas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija se escapó enseguida a casa.

 

De pronto, algo se interpuso entre la mirada de los hijos idiotas y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Los cuatro idiotas la vieron cómo lograba dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco. No apartaban los ojos de su hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña empezó a caerse del otro lado, seguramente, se sintió cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.

— ¡Soltadme! ¡Dejadme! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.

— ¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero  se cayó. No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana la sirvienta había desangrado a la gallina.

El matrimonio prestó oído, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.

— ¡Bertita!

Nadie respondió.

— ¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.

Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.

— ¡Mi hija, mi hija! —corrió Mazini ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.

Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:

—    ¡No entres! ¡No entres!

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LADRONES DEL PARAÍSO. MEDARDO FRAILE.

Pero aquella tarde estaba nevando y Jeremías miraba por el ventanillo los copos blancos de nieve. « ¡Si tuviera un periódico para leer!», pensaba. Había oído muchas veces con envidia vocear los periódicos a los vendedores. « ¡O si tuviera un libro! ¡Notaría menos el frío, quizá!» Pero en su celda había sólo un duro camastro, un cantarillo con agua y un trozo de pan. En realidad, no se comía mal en la cárcel, pero cada preso tenía pan y agua, porque el director cuidaba los detalles que dan a las celdas un aspecto cruel. Jeremías bostezaba con generosidad, poniendo toda su alma inocente en el bostezo, y se aburría mucho. Un pájaro vino a posarse en el ventanillo. Esto era corriente, sobre todo en primavera y verano. Se fijó en la visita: una nevatilla, llamada también lavandera, tal vez por su aspecto lamido y sus intenciones limpias. Jeremías se quedó quieto y el pajarillo le miraba con interés meneando su cola arriba y abajo. No sólo no tenía miedo mirando al preso, sino que saltó al suelo de la celda con la mayor soltura, porque la nevatilla tenía su idea. Casi la misma que le surgió de pronto a Jeremías. La estaba mirando, y al ver sus colores blanco y ceniciento, y sus alas con rayitas blancas, se le ocurrió que el pájaro aquel tenía aspecto de preso: un preso nervioso y pequeñín. Y la nevatilla, mirando a Jeremías, pensaba que el hombre aquel, menudo, grisáceo, con esas rayas que le veía en los costados, podía ser muy bien un pájaro de su ilustre familia, los Motacílidos. Y se tomaron gran simpatía y jugaron a ser compañeros. La pajarita daba saltos formando un círculo dentro de la pequeña celda, y Jeremías, detrás de ella, daba saltitos imitándola, muy divertido. Así estuvieron qué sé yo el tiempo, y Jeremías no se cansaba, sino al contrario, cada vez se encontraba más ágil y con menos peso. La nevatilla saltó de pronto, volando al ventano. Y Jeremías, como si nada, saltó detrás. Vio que los barrotes del ventano eran mayores que él y comenzaron a mirarse, a la misma altura, el hombre y el pájaro. La pajarita, con ademanes tajantes, invitaba a Jeremías a hacer su primer vuelo. Porque él se había convertido en un pájaro gemelo a ella. Y Jeremías voló, en efecto, porque ya era un pájaro. Hecho este milagro sencillo, la nevatilla volvió a la celda y se quedó allí pensando alguna cosa, jugando a cumplir condena tal vez, o, simplemente, sustituyendo un rato a Jeremías. Cuando se hartó, pasó a la galería atravesando la reja de la puerta. Con aire pedante y satisfecho —como si fuera con las manos atrás— llegó hasta Federico, cancerbero terrible que estaba sentado, lleno el vientre de llaves, en la galería, a un extremo, en un sillón de mimbre desfondado. Se quedó un rato mirándolo: era gordo y con la cara encendida como grana, y tenía los ojos saltones, con la mirada más que feroz llena de miedo, de un miedo feroz. Federico, al verla llegar, pensó: « ¡Vaya! ¡Este pajarito no tiene miedo!» Y la miraba sin saber qué hacer. Pero como no tenía hijos ni esposa, ni sobrinos —únicamente presos—, pensó que el pájaro aquel no le servía de nada. Y, al fin, dándole vueltas a su pesado caletre, tuvo una idea: él, que se pasaba la vida encerrando seres, tendría esta vez el gusto de otorgar a un ser la libertad. En efecto, tendió su mano abierta hacia la pajarita. Ella saltó a la mano con indiferencia, sin escrúpulo alguno. El carcelero, renqueando, se levantó del sillón y encarriló sus pasos a la baranda del patio. Desde allí se veía el cielo lleno de nieve. Se dio con la mano un golpe en el brazo en que llevaba el pájaro, gritando: « ¡Vuela!» Y la nevatilla se fue por los aires. « ¡Vuelve, vuelve!», gritó el guardián de pronto, arrepentido y medroso. Había visto con temor las rayas que el pájaro tenía en las alas y dijo para sí que podía ser un preso al que había soltado sin ningún permiso. Porque el cancerbero veía, naturalmente, que volaba un pájaro, pero creía en los seres encantados, y aquel volátil se le antojó demasiado seguro de sí mismo, tal vez un pájaro de cuenta. La nevatilla que había libertado a Jeremías, el preso del tulipán, volaba rauda y alegre, y es claro que no pensó ni un instante volver a las garras de Federico. Buscó entre la nieve el camino del sol que saben, para calentarse, los pájaros buenos que han hecho en su vida cosas un poco milagrosas. Casi nada: ¡reducir el tamaño de un preso y enseñarle a volar…!

 

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ACTIVIDADES DE HIATOS Y DIPTONGOS.

Había un padre que tenía una hija muy hermosa, pero muy terca y caprichosa. Se presentaron tres pretendientes a cual más apuesto, a pedir su mano; él contestó que los tres tenían su beneplácito, y que preguntaran a su hija a cuál de ellos prefería.

Así lo hicieron, y la niña le contestó que a los tres.

– Pero, hija, si eso no puede ser.

– Elijo a los tres – contestó la niña.

– Habla en razón, mujer – volvió a decir el padre -. ¿A cuál de ellos doy el sí?

– A los tres – volvió a contestar la niña, y no hubo quien la sacase de ahí.

El pobre padre se fue mohíno, y les dijo a los tres pretendientes que su hija los quería a los tres; pero que como eso no era posible, que él había determinado que se fuesen por esos mundos de Dios a buscar y traerles una cosa única en su especie, y aquel que trajese la mejor y más rara sería el que se casase con su hija.

Pusiéronse en camino, cada cual por su lado, y al cabo de mucho tiempo se volvieron a reunir allende los mares, en lejanas tierras, sin que ninguno hubiese hallado cosa hermosa y única en su especie.

Estando en estas tribulaciones, sin cesar de procurar lo que buscaban, se encontró el primero que había llegado con un viejecito, que le dijo si le quería comprar un espejito.

Contestó que no, puesto que para nada le podía servir aquel espejo, tan chico y tan feo.

Entonces el vendedor le dijo que tenía aquel espejo una gran virtud, y era que se veían en él las personas que su dueño deseaba ver; y habiéndose cerciorado de que ello era cierto, se lo compró por lo que le pidió.

El que había llegado el segundo, al pasar por una calle se encontró al mismo viejecito, que le preguntó si le quería comprar un botecito con bálsamo.
– ¿Para qué me ha de servir ese bálsamo? – preguntó al viejecito.
– Dios sabe – respondió éste -; pues este bálsamo tiene una gran virtud, que es la de hacer resucitar a los muertos.

En aquel momento acertó a pasar por allí un entierro; se fue a la caja, le echó una gota de bálsamo en la boca al difunto, que se levantó tan bueno y dispuesto, cargó con su ataúd y se fue a su casa; lo que visto por el segundo pretendiente, compró al viejecito su bálsamo por lo que le pidió.

Mientras el tercer pretendiente paseaba metido en sus conflictos por la orilla del mar, vio llegar sobre las olas una arca muy grande, y acercándose a la playa, se abrió, y salieron saltando en tierra infinidad de pasajeros.

El último, que era un viejecito, se acercó a él y le dijo si le quería comprar aquella arca.

-¿Para qué la quiero yo – respondió el pretendiente -, si no puede servir sino para hacer una hoguera?.

– No, señor – repuso el viejecito -, que posee una gran virtud, pues que en pocas horas lleva a su dueño y a los que con él se embarcan adonde apetecen ir y donde deseen. Ello es cierto; puede usted cerciorarse por estos pasajeros, que hace pocas horas se hallaban en las playas de España.

Tras comprobar que era cierto lo que decía el caballero, compró el arca por lo que le pidió su dueño.

Al día siguiente se reunieron los tres, y cada cual contó muy satisfecho que ya había hallado lo que deseaba, y que iba, pues, a regresar a España.

El primero dijo cómo había comprado un espejo, en el que se veía, con sólo desearlo, la persona ausente que se quería ver; y para probarlo presentó su espejo, deseando ver a la niña que los tres pretendían. ¡Pero cual sería su asombro cuando la vieron tendida en un ataúd y muerta!

– Yo tengo – exclamó el que había comprado el bote – un bálsamo, que la resucitaría; pero de aquí a que lleguemos, ya estará enterrada y comida de gusanos.

– Pues yo tengo – dijo a su vez el que había comprado el arca – un arca que en pocas horas nos pondrá en España.

Corrieron entonces a embarcarse en el arca, y a las pocas horas saltaron en tierra, y se encaminaron al pueblo en que se hallaba el padre de su pretendida.

Hallaron a éste en el mayor desconsuelo, por la muerte de su hija, que aún se encontraba de cuerpo presente.

Ellos le pidieron que los llevase a verla; y cuando estuvieron en el cuarto en que se encontraba el féretro, se acercó el que tenía el bálsamo, echó unas gotas sobre los labios de la difunta, la que se levantó tan buena y risueña de su ataúd, y volviéndose a su padre, le dijo:

– ¿Lo ve usted, padre, cómo los necesitaba a los tres?

Fernán Caballero. La niña de los tres maridos

Busca en el texto palabras con las siguientes características (Respeta su orden):

a.       Vocal abierta+vocal abierta.

b.      Vocal abierta+vocal cerrada, esta última con tilde.

c.       Vocal cerrada+vocal abierta con tilde.

d.      Vocal cerrada con tilde+vocal cerrada.

e.       Un hiato sin tilde.

  • Añade además, en cada caso, si se trata de un diptongo, hiato o triptongo. (1´25 puntos)

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EJERCICIOS DE TILDES.

Clasifica las palabras y pon tilde donde sea preciso:

CAMINARON:

CRISIS:

CARICIA:

DEBIL:

UTILMENTE

FE:

DIO:

AÑADASELO:

BRUTALMENTE:

DIMELO:

DADSELO:

DAME:

DEME:

FERNANDEZ:

CURRICULUM:

CONDUJERON:

UNICO:

CHIMENEA:

ALVAREZ:

SEIS:

LEON:

FUI:

TREN:

DIOSELO:

EDIFICIO:

DICTANDOSELO:

CLINICA:

LAUREL:

JUICIO:

DIFERENCIAIS:

HUI:

AGUDAS LLANAS ESDRÚJULAS SOBRESDRÚJULAS

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EJERCICIOS DE C/Z/D

 

 

Se… Humeda… Perdi… Alu… Co…
Salu… Majestad… Tena… Laú… Escase…
Vora… vi… Re… Ambigüeda… Virtud…
Proye…to Ga…pacho Preco… Disfraz… Aptitu…
Flu…tuar Lobe…no Ma…eta a…teca Halla…go
Fu…sia …eleste Rena…camos Hi…imos Co…ina
Antifa… …ebolla Maí… Velo…idad Lin…e
Feli…es Ajedre… Ve…ino Feli..itar Rigide…

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