Archivo mensual: septiembre 2012

EL DESHAUCIO DE GÓNGORA

Se produjo una extraña coincidencia  o premeditada mala voluntad por parte de Quevedo. Éste compró una casa en la que, curiosamente, vivía Góngora en Madrid y, por eso, éste se vio obligado a desocupar su hogar. Además Góngora estaba enfermo, contaba ya con 64 años. Quevedo no se conformó con esto, pues llegó a tal punto su crueldad que le dedicó un epitafio satírico, sabiendo que su rival aún no había muerto:

Este que, en negra tumba, rodeado
de luces, yace muerto y condenado,
vendió el alma y el cuerpo por dinero,
y aun muerto es garitero;
y allí donde le veis, está sin muelas,
pidiendo que le saquen de las velas.
Ordenado de quínolas estaba,
pues desde prima a nona las rezaba;
sacerdote de Venus y de Baco,
caca en los versos y en garito Caco.
La sotana traía
por sota, más que no por clerecía.
Hombre en quien la limpieza fue tan poca
(no tocando a su cepa),
que nunca, que yo sepa,
se le cayó la mierda de la boca.
Éste a la jerigonza quitó el nombre,
pues después que escribió cíclopemente,
la llama jerigóngora la gente.
Clérigo, al fin, de devoción tan brava,
que, en lugar de rezar, brujuleaba;
tan hecho al tablarejo el mentecato,
que hasta su salvación metió a barato.
Vivió en la ley del juego,
y murió en la del naipe, loco y ciego;
y porque su talento conociesen,
en lugar de mandar que se dijesen
por él misas rezadas,
mandó que le dijesen las trocadas.
Y si estuviera en penas, imagino,
de su tahúr infame desatino,
si se lo preguntaran,
que deseara más que le sacaran,
cargado de tizones y cadenas,
del naipe, que de penas.
Fuese con Satanás, culto y pelado:
¡Mirad si Satanás es desdichado!

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SOR MARÍA JESÚS DE ÁGREDA

Se trata de una escritora barroca semimística. Destacamos sus obras en prosa: Mística ciudad de Dios y Vida de la Virgen.


Su fama, más que por ser autora, se debe a su relación epistolar con Felipe IV. Cuando éste regresaba a la Corte visitó a la abadesa (1643) y quedó tan admirado de su ingenio y conversación que convinieron en sostener correspondencia, que habría de mantenerse rigurosamente en secreto. Felipe IV, tardíamente arrepentido de su pasada incuria y desalentado ya por entero ante los males que acuciaban a España, sólo esperaba el remedio de un milagro de la providencia. En medio de su preocupación buscó consuelo y consejo en las cartas de aquella monja carente de experiencia humana (tomó el hábito a los 18 años), y le consultaba difíciles problemas de gobierno, sobre los que la monja sólo podía aconsejar en base a las noticias del propio rey. Sorprende, sin embargo, la sagacidad y buen sentido que muestra siempre en los destinos del país. Esta relación la sostienen más de veinte años en las que tratan temas políticos, desdichas familiares e íntimas congojas. La sinceridad de las cartas hace inapreciables estos testimonios que tienen, con frecuencia, el significado de verdaderas autosemblanzas.

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CALDERÓN Y LAS CRÍTICAS ECLESIÁSTICAS

De la vida personal de Calderón se sabe muy poco, a diferencia de la de Lope. Sin embargo se conoce que tuvo un hijo, de una madre desconocida, al que se dirigía siempre con el nombre de “sobrino”. En 1651 se ordena sacerdote y lo reconoce oficialmente como hijo suyo. Éste acabaría muriendo muy joven.

Una vez que tomó los hábitos, la Iglesia lo censuró por escribir comedias profanas, al mismo tiempo que se las pedían los reyes. Calderón tomó la decisión de escribir una carta al patriarca de las indias, que fue el que lo censuró, diciendo la conocida frase de: “o es malo o es bueno. Si es bueno no se me obste, y si es malo, no se me mande”.

Al final, decidió escribir sólo para el palacio.

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