Archivo diario: 28 marzo, 2010

JUAN JOSÉ MILLÁS. El Arte Analfabenetton

Lo de Claudia Schiffer ha sido una pasada que va a servir para ahondar todavía más el abismo entre las dos culturas enfrentadas en el seno, o entre los senos más bien, de esa modelo. Gaddafi ha hablado y lo ha dicho bien claro: “La utilización de los versículos del Corán constituye uno de los preludios de la nueva cruzada occidental contra los musulmanes y el Islam con vistas a su aniquilación”. La prestigiosa casa Chanel se ha apresurado al disculparse alegando que ignoraban la procedencia de esos garabatos que lucían tan bien en el escote reventón de Claudia. No sé si Muamar el Gaddafi les creerá, parece que no; yo sí, a pies juntillas, y con las piernas abiertas. En cualquier posición que coloque los pies, me lo creo.
O sea, que los de Chanel número 5, que yo creí hasta muy mayor que se trataba de la dirección de alguien muy famoso, vieron unos garabatos y se creyeron que era un diseño en lugar de un alfabeto. Es lo que tiene estar obsesionado con el diseño, que ves cosas que no son, como cuando te acostumbras a la macroeconomía, que luego miras a un pobre y ves un decimal. Es terrible esto de vivir en un mundo obsesionado por la macroeconomía y el diseño; fíjense, si no, en Benetton, que se ha forrado a vender ropa de colores con la foto en blanco y negro de un moribundo de sida. La cosa funcionó porque en lugar de ver al moribundo y su circunstancia, veíamos diseño puro, o sea, arte. Una de las características del arte que viene es su condición de analfabeto. Arte Analfabenetton, se podría decir. Se trataría de un arte visual despojado de referentes literarios, cinematográficos, o de cualquier otro orden. Un arte, en fin, al que se podría acceder desde la ignorancia de todo: bastaría con conocer el argumento de la novela El perfume.
Es muy serio esto de Claudia Schiffer, de verdad, más que por el hecho en sí, por lo que representa. Estamos vaciando todos los significados de sus recipientes naturales y a cambio de eso lo único que nos dan son dos tetas y unos garabatos.


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JUAN JOSÉ MILLÁS. Lepisma

Hay un insecto microscópico, el lepisma, también llamado por su aspecto pececillo de plata, que vive en los libros igual que un delfín en las profundidades del océano, surcando las páginas como si fueran láminas de agua sucesivas. Puede alojarse indistintamente en un volumen de Kafka o Flaubert, de Melville o Poe, sin que el grado de salinidad de escrituras tan diferentes afecte a su organismo. El lepisma navega, pues, en el interior de la masa de papel recorriendo títulos, textos y texturas, aunque lo normal es que si nace en Moby Dick muera en esta novela sin cruzarse jamás, curiosamente, con la ballena blanca, su pariente lejano.

El lepisma ignora también la existencia del lector, tampoco nosotros nos damos cuenta de que junto al argumento imaginario que forman las palabras, en cada hoja está sucediendo un drama real protagonizado por una familia de pececillos de plata que se alimentan de las comas de nuestros textos preferidos. Nos acompañan en la travesía lectora como los delfines a los navegantes, saltando fuera de la página y zambulléndose en ella a través de un adverbio, que atraviesan sin romperlo ni machacarlo.

Cuánta gente vive de la literatura, pues. Es increíble. Estos lectores sin alfabetizar que se alimentan paradójicamente de nuestras publicaciones son los más ingenuos sin duda, pero conviene tenerlos en cuenta. Quizá el universo no sea más que un gigantesco libro que alguien lee con pasión mientras nosotros, sus lepismas, navegamos por él pese a ignorar su sintaxis. A ese lector gigante le dedico este artículo con el ruego de que, cuando se canse de leer, cierre el libro sin violencia, para no hacernos daño.

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