JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ ORTIZ Los nuevos pícaros


¿Quien no se ha llevado alguna vez un bolígrafo del trabajo para usarlo en casa o dárselo a sus hijos? ¿Cuántas veces las enfermedades son sólo la excusa de una mala salud ficticia para evadir así un trabajo desagradable o unas malas relaciones con el jefe o algún compañero? ¿Qué decir del jarrón chino que un laboratorio farmacéutico regala a un médico para inducirle a recetar determinados medicamentos o de la cesta de Navidad al oficial del juzgado para la agilización de un proceso? ¿Se trata, en todos estos casos, de un fraude, un cohecho, una sisa, una actividad picaresca? Estos comportamientos, pese a su consideración de desviados, son más la regla que su excepción. Sus variedades dependen del tipo de trabajo desempeñado. No todos los trabajos ofrecen la misma posibilidad de acceder a unos beneficios que podrían denominarse como extraordinarios y calificables, según la óptica utilizada, de ganancias extraoficiales, sobresueldo, soborno, compensación o sisa, que es el término que utilizan los autores anglosajones.

Es obvio que algunas de estas prácticas son harto antiguas y hunden sus raíces en la historia, razón por la que pretendemos entroncarlas con la picaresca, aun a sabiendas de las diferencias que separan tales actuaciones. Algunos estudiosos del terna señalan que las tensiones internas de la cultura barroca tienen un cierto parecido con las tensiones a las que está sometida en la actualidad la sociedad occidental. Además, tanto el sisador, pese a la frecuencia de su práctica, como el pícaro se mueven en un terreno fronterizo entre la legalidad y la ilegalidad. Ambos caracteres subrayan la oposición o el resentimiento, ante, determinados usos o normas sociales. Se ha dicho de los pícaros que expresaban el resentimiento social de la gente mísera contra las clases privilegiadas. El sisador moderno, igualmente, pondría de manifiesto el resquemor contra el jefe, la empresa, el Estado o una organización del trabajo que cada vez más merma sus posibilidades de autonomía. La sisa sería, pues, una revancha contra ciertas formas de explotación en un intento no consciente de recuperar parte de la plusvalía arrancada, aunque de un modo espurio, directamente emparentado con las prácticas que la sociedad capitalista estimula.

La novela picaresca relata diferentes situaciones y tipos que daban lugar a diferentes variedades de escamoteo, valoradas de manera desigual: no era lo mismo sisar a un hidalgo muerto de hambre que a un cardenal o a un caballero hacendado. En la actualidad ocurre algo parecido. Cada trabajo muestra diversas posibilidades de beneficios paralegales; en algunas ocupaciones se alienta incluso este tipo de prácticas, considerándolas parte del salario, y no se juzga de igual modo la sisa al ama de casa o al pequeño comerciante que la cometida en una gran empresa o a la Hacienda pública.

Una última característica a destacar sería la existencia de reglas en el arte de la sisa. Mateo Alemán, en su Guzmán de Afarache, aporta un amplio repertorio de las “ordenanzas mendicativas” que regían entre los mendigos de Roma. Las reglas actuales no llegan a tener una codificación tan minuciosa: la mayoría de las veces son implícitas, pero tan imperiosas que señalan las cantidades, los momentos idóneos, los objetos susceptibles de tales prácticas y las diferenciaciones que introduce la posición jerárquica.

Con el fin de clasificar las distintas prácticas utilizaremos dos dimensiones básicas: el modo de realización del trabajo -es decir, si se realiza individualmente o en grupo- y la manera como se ejerce el control sobre el trabajo: las situaciones de alto control son aquellas en las que el trabajador tiene pautados sus movimientos y predeterminadas sus actuaciones, mientras que las situaciones de bajo control permiten al trabajador una cierta autonomía en la realización de su quehacer laboral. El entrecruzamiento de estas dos dimensiones permite establecer cuatro tipos de sisa, según las distintas ocupaciones. Para denominar a cada uno de estos tres tipos hemos elegido cuatro figuras de la picaresca española, aun a sabiendas de que la correspondencia existente es más expresiva que descriptiva del tema en cuestión. Veámoslo.

LOS ALFARACHES

Son unas figuras que nos resultan familiares, pues algunos de sus especímenes más conspicuos cundieron como flor de mayo durante la dictadura. Una posición clave en ciertas instituciones oficiales dota a sus ocupantes de informaciones e influencias valiosas en temas como la especulación inmobiliaria, origen de grandes y rápidas fortunas. Otros alfaraches han gozado de influencias para acelerar o conseguir permisos de importación de determinados materiales, o favorecer la adjudicación de contratas para las administraciones públicas, generalmente recompensadas de manera extra oficial. Estas actividades también abundaron en muchos países europeos durante la posguerra.

Los alfaraches trabajan solos y en situaciones de bajo control, lo que les dota de la capacidad de negociar individualmente sus recompensas, aun cuando son asalariados. Así sucede con los altos ejecutivos, y en especial los del área comercial, quienes poseen diversos tipos de remuneraciones, salariales y en especie, para evitar los controles fiscales y su repercusión en la declaración de la renta: el coche ostentoso, la vivienda, la afiliación al club deportivo o social, la tolerancia en los llamados gastos de representación, prebendas todas ellas que, según se afirma, tratan de compensar la iniciativa, el riesgo en tareas difíciles, complicadas o reservadas y los logros obtenidos.

La utilización del tiempo adquiere matices peculiares en este tipo de ocupaciones. La máxima del alfarache sería “el tiempo es oro”, con la particularidad de que es un oro líquido que se derrama impidiendo su exacta contabilidad, con la excusa de que lo importante es la calidad y no la cantidad. Así, no sólo los horarios son flexibles, sino que caben múltiples actividades; es el caso de los médicos que atienden enfermos privados en su puesto de trabajo público o los profesores de prestigio que atienden consultas profesionales, asesoran editoriales, colaboran en los medios de comunicación, etcétera, dentro de su dedicación académica, pues ello acrecienta el prestigio de la institución que los emplea y esconde el pago de unos haberes inferiores al estatuto social de su profesión.

La diversificación de actividades fragmenta la lealtad del alfarache a una sola institución, reduciendo así el grado de control al que está sometido; además, el entrecruzamiento de lealtades hace que las ocasiones de escamoteo sean mayores; ejemplos señeros son los espías, o los corredores independientes o brokers.

Los alfaraches proliferan en las ocupaciones donde el llamado capital humano es lo más importante. Son las personas que oscilan más acordemente con la ley de la oferta y la demanda; su posición les acerca a las zonas privilegiadas del sistema. Son aspirantes a capitalistas, y, en cierta forma, incorporan nítida y expresivamente los valores dominantes. Algunas de sus actividades se acercan o entran de lleno en los delitos de cuello blanco. Los alfaraches reflejan una imagen prístina de los valores esenciales del sistema capitalista.

LOS LAZARILLOS

Los lazarillos representan la otra cara de la moneda, el polo opuesto de los alfaraches. Realizan su trabajo en un relativo aislamiento, en una situación de alto control que les deja poca libertad de movimientos. Su sisa podríamos tildarla de reactiva, pues su objetivo primordial consiste en recuperar cierto grado de control sobre las tareas que realiza. Cuando el trabajo es excesivamente constrictivo, pueden recurrir al sabotaje, o a actos deliberados de mutilación o de destrucción que reducen la tensión y la frustración a las que están sometidos.

Las posibilidades de sisa de este grupo de tareas (entre las que podemos incluir a las cajeras de supermercados, las taquilleras del metro, los conductores de autobús, las telefonistas o algunos pues tos de la cadena de montaje) son escasas, por lo que el escamoteo más frecuente es el del tiempo de trabajo, que toma una variada gama de formas, des de el absentismo más patente (con baja médica incluida) hasta las variedades más larvadas donde se aceleran los ritmos de trabajo en determinadas fases de la jornada para poder disfrutar de pequeños descansos y fumarse un cigarrillo, leer el periódico, charlar con los compañeros o tomarse un refresco.

Las tareas del lazarillo son monótonas y repetitivas, pues, aunque una taquillera atiende a una gran cantidad de público diverso, ve muchas caras siempre desde la misma óptica. La telefonista pone en comunicación a centenares de usuarios, pero no podrá salirse del recitado de frases estereotipadas y rituales que le impiden un mayor acercamiento a esa voz que la solicita, tal vez a muchos kilómetros de distancia. Así pues, en la mayoría de los casos, sólo resta ganar algo de tiempo para mínimos desahogos personales, evitando sentirse invadido hasta sus últimos resquicios por un trabajo cuyo control es ajeno al lazarillo hasta en sus más mínimos detalles.

En algunos casos, la sisa es de un orden diferente, como aquella cajera de un supermercado que en cada operación sustraía pequeñas cantidades de dinero, que no quedaban registradas en la caja. La sisa era frecuente y repetitiva como la propia tarea, pero proporcionaba nuevos motivos e intereses en el trabajo e incluso en el oculto deseo de engañar a la máquina.

LOS MONIPODIOS

Los monipodios son puestos caracterizados por un trabajo realizado en grupo y sometido a un estrecho control por la organización que los emplea. Aquí pueden encuadrarse muchas de las ocupaciones desempeñadas por la clase obrera tradicional: mineros, estibadores, pescadores, basureros, albañiles y trabajos realizados en las instituciones cerradas, manicomios, cárceles, barcos, etcétera.

La sisa de los monipodios es creativa, afecta a todos los miembros del grupo de trabajo, de modo que la actividad picaresca resulta muy estructurada. En primer lugar, existen unos procesos de admisión al grupo que suponen un período de prueba para el neófito antes de poder acceder a la sisa. De ahí que en épocas pasadas se reclutara a los candidatos de entre sus familias. Una vez superada la prueba, el nuevo miembro pasa a ocupar un lugar en la estructura informal del grupo, estructura jerarquizada de manera que nadie tenga un acceso exclusivo a la sisa y donde las posibilidades de escamoteo son mayores a medida que se ocupa un lugar superior en la jerarquía. El acceso a estos puestos superiores suele regularse mediante los criterios de edad y antigüedad, ya que la experiencia en la sisa es esencial. Por ello, los monipodios suelen ser conservadores: la continuidad y la estabilidad protegen al grupo de la competencia y la rivalidad entre sus miembros. Los cambios organizativos o tecnológicos entorpecen los métodos tradicionales de sisa, motivo por el que son rechazados, como ocurrió entre los estibadores ante la introducción de contenedores para el transporte marítimo de mercancías o entre los basureros al generalizarse el liso de bolsas de basura selladas.

Los bienes más vulnerables a la sisa de los monipodios son, entre otros, la comida en algunas instituciones cerradas, los ladrillos que se dejan apilados al pie de obra, el pescado antes de ser alotado, la carga marítima aparentemente anónima que se almacena en los muelles del puerto, algunos objetos reutilizables arrojados a la basura, etcétera.

Una última característica de estos trabajos es la celebración colectiva, una vez concluida la sisa, celebración que permite estrechar los lazos y aumentar la camaradería entre el grupo, a la vez que se apuntala la jerarquización internal pues, entre copa y copa, los más veteranos narran relatos y acontecimientos de escamoteos anteriores que facilitan la integración de los más jóvenes al incorporarlos a la historia del grupo.

LOS BUSCONES

El perfil del puesto de buscón es el menos definido de los cuatro que estamos describiendo, ya que, pese a realizarse en grupo y estar sometido a un control no excesivamente riguroso, incluye operaciones eventuales, sometidas a frecuentes cambios que pueden llevar a que el buscón pase a alguno de los otros tipos.

La picaresca del buscón es adaptativa y dependiente de las oportunidades variables que le ofrece su trabajo, bien sea por una aceleración del ritmo, un aumento de escala o una alteración de los precios.

Ejemplos de este grupo los encontramos entre camareros, representantes de comercio, repartidores, taxistas por cuenta ajena, vendedores ambulantes, etcétera.

La sisa del buscón se realiza individualmente, pero dentro de un marco colectivo que obliga a una sincronización con los que trabajan en la misma empresa o gremio.

Otra característica de este grupo es la desigualdad para las posibilidades de sisa; unas calles son mejores que otras para los repartidores, y dentro de un restaurante o cafetería, unas mesas resultan más propicias que otras para los camareros. Ello genera una gran rivalidad y competitividad entre los buscones para conseguir las mejores posiciones; las alianzas surgidas entre ellos son muy inestables, y cuando la tensión aumenta en su seno, se recurre a la búsqueda de chivos expiatorios, cuyo castigo restablece el equilibrio previo.

Las variaciones en el trabajo permiten diferenciar puestos de trabajo centrales y periféricos (la hostelería es un ejemplo de gran variabilidad, según la estación, e incluso dentro de la semana, la demanda es diferente en los fines de semana, o cuando se producen acontecimientos singulares, como bodas, banquetes, etcétera). Los buscones centrales mantienen una cierta estabilidad en el puesto; los buscones periféricos, por el contrario, son eventuales y acceden a los lugares peores para la sisa. Este último grupo está integrado por sectores marginales o estigmatizados; su trabajo es tan esporádico que no necesitan aportar, documentación o aprobar exámenes de selección.

EL PORQUÉ DE LA SISA

La sisa en el trabajo prueba la existencia de la naturaleza multidimensional de los tratos humanos que complementan más que desafían al sistema dominante, aunque pueden llegar a minarlo. Los bienes sisados desmaterializan la transacción y la personalizan; no es accidental que los bares sean lugares tradicionales para los negocios informales.

La sisa, además, fomenta las relaciones interpersonales y grupales, así como la adopción de roles sociales y el desempeño de papeles no asignados o impuestos por otros; la picaresca, en definitiva, permite sustentar una identidad que: utiliza unas prácticas específicas e incluso un lenguaje propio. Por otra parte, las instituciones informales o encubiertas que crea la picaresca en el trabajo son preciosas para sus practicantes, pues les ofrecen un marco de referencia para realzar toda una gama de acciones no oficiales. Cuando el cambio organizativo o tecnológico pone en peligro a estas instituciones, el individuo se torna más vulnerable. La resistencia al cambio es un medio de conservar la iniciativa, mantener la flexibilidad, asegurar la continuidad de un trabajo valorado, así como la libertad del intercambio. Las instituciones informales son contrainstituciones que pretenden restaurar la autonomía del trabajador, de la que le ha despojado la organización del trabajo.

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