Archivo diario: 8 marzo, 2010

TAUTOGRAMAS.

Hasta los enamorados y enamoradas disfrutan a veces repitiendo incansablemente las letras iniciales de los nombres de sus damas o de sus galanes. Así, a la María Morena del poema de Gloria Fuertes le bastan palabras que empiecen por M para escribirle a su Manolo. Tautogramas se llaman estos textos en los que se repite insistentemente una misma letra.

CARTA DE LA EME

Manolo mío:

Mi madrileño marchoso,

Maduro melocotón maleable,

Macedonia mascaré mañana,

Mortadela, moscatel mío.

Madrugaré maestro

-me manipulas-.

Manolo, macho mío,

Mándote magnolias, majuelas,

maíz, mijo,

-me matas, majo-.

Mi madre me maravilla

Masculla melosa: Manolo, Manolo…

Mágico malestar me maltrata

Madreperlo mío,

Mi manera machacona

Mi matriz maternal me manda

Mantener maceta menta…

Gloria Fuertes

Historia de Gloria

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LIPOGRAMAS.

Mucho debió de odiar Enrique Jardiel Poncela la letra e (la que más abunda en su nombre y apellidos) para escribir sin ella todo un relato en que nos cuenta el accidentado matrimonio de Ramón Camomila. Casado con una mujer a lo que no ama, y a fuerza de fingirse loco para que ella lo abandone, acaba en un manicomio y dentro de una camisa de fuerza. Claro que Jardiel Poncela tenía modelos anteriores de lipogramas, que es como se llaman los textos que carecen de una determinada letra del alfabeto. Ya en el siglo XVII Alonso de Alcalá y Herrera dio a la imprenta cinco novelas cortas amorosas, en cada una de las cuales falta una vocal del castellano. Al parecer, uno de los primeros maestros del género fue el poeta griego Trifiodoro (siglo V a. C), que escribió un poema épico en veinticuatro libros, Destrucción de Troya, prescindiendo en cada uno de ellos de una letra del alfabeto.

 

UN MARIDO SIN VOCACIÓN

“Un otoño – muchos años atrás – cuando más olían las rosas y mayor sombra daban las acacias, un microbio muy conocido atacó, rudo y voraz, a Ramón Camomila: la furia matrimonial.

-¡Hay un matrimonio próximo, pollos!– advirtió como saludo su amigo Manolo Romagoso cuando subían juntos al casino y toparon con los camaradas más íntimos.

-¿Un matrimonio?

-Un matrimonio, sí – corroboró Ramón.

-¿Tuyo?

-Mío.

-¿Con una muchacha?

-¡Claro! ¿Iba a anunciar mi boda con un cazador furtivo?

-¿Y cuándo ocurrirá la cosa?

-Lo ignoro.

-¿Cómo?”

Enrique Jardiel Poncela

El libro del convaleciente

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